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Cómo cocer una rana

En psicología, aprendemos que la forma en la que narramos los eventos nos permite iluminarlos con nuestra comprensión, hacerlos entendibles. Gracias a nuestra capacidad narrativa, dotamos de sentido a la experiencia. 

En los casos de maltrato en los que la violencia ha intentado silenciar, coaccionar o distorsionar la percepción y narración de los hechos, las víctimas encuentran especialmente difícil moldear con palabras y comprensión su vivencia.  Dotarse de una voz propia es un paso esencial para romper la cadena de sometimiento y violencia que las inmoviliza. 

Cuando una víctima de maltrato habla de su experiencia, la primera impresión del entorno amigable suele ser de sorpresa y alarma. Al no tener consciencia plena de los hechos acontecidos les cuesta comprender cómo pudo haber ocurrido semejante abuso a un ser querido. 

Generalmente se cree que el maltrato afecta a personas débiles y con poco carácter, pero eso no tiene por qué ser así.  

Para entender cómo funciona el maltrato podemos utilizar una buena metáfora. Las metáforas, aunque difieren radicalmente de la situación a la que hacen referencia, nos permiten comprender con efectividad el funcionamiento de lo referenciado. 

 La metáfora de cómo cocer una rana

Para representar cómo actúa un maltratador, tenemos la buena metáfora de cómo cocer una rana.  

Si queremos cocer una rana viva en agua hirviendo, es evidente de arrojar el batracio a una olla con agua a 100°C nos condenará al fracaso. La rana saltará fuera de la olla y se escapará. 

En cambio, si sumergimos a la rana en agua fresca y, gradualmente, minuto a minuto, vamos elevando la temperatura, conseguiremos cocerla sin que salte de la olla abierta. Así es cómo actúan los maltratadores. La situación inicial suele ser cómoda para las víctimas, mientras que la final es absolutamente destructiva y nunca se hubiera aceptado de buenas a primeras.  

La gradualidad –junto con las emociones que sostiene la víctima por el maltratador o por una situación en particular- forman el caldo perfecto.  

Un mañana menos asfixiante es posible

La gradualidad –junto con las emociones que sostiene la víctima por el maltratador o por una situación en particular- forman el caldo perfecto.

Podemos imaginarnos que cualquier rana que nota cómo sube la temperatura, piensa «que no pasará de allí», que «todo es cuestión de aguantar», que «el minuto siguiente comenzará a bajar la temperatura» o que al final el maltratador interrumpirá la cocción.  Y es que el papel de las expectativas en las dinámicas de maltrato es crucial, como ya lo adelantamos en el artículo «Violencia y maltrato en las parejas LGTB+». 

Entender la vivencia de maltrato y tener el apoyo del entorno social y/o familiar es crucial para poder recuperarse del mismo.  

Aun cuando salimos escaldados de las manos del maltrato, habitualmente habrá mucho trabajo personal por hacer antes de poder pasar página. El proceso de cicatrización dependerá de la gravedad de las heridas, pero es posible salir adelante. Esta afirmación tiene sentido cuando evaluamos la inmensa fuerza que supone sobrevivir a una experiencia de esta naturaleza.  

 El potencial constructivo está en cada víctima: recuperando la propia voz, iniciando su narración, aportando sentido a su vivencia dolorosa, poniendo punto final a la situación de maltrato e iniciando el arduo camino de la recuperación. Un mañana menos asfixiante es posible.  

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Psicología del fracaso y la pobreza

Dueños de su destino, viviendo en un mundo donde todo es posible y donde el único obstáculo son ellos mismos, las falacias del self-made-man han permitido responsabilizar a los pobres de su situación. ¿Hasta dónde se ha infiltrado esta visión en los discursos actuales del coaching y de la psicología? 

Durante la Edad Moderna el luteranismo representó una ruptura con la concepción del mundo existente hasta ese momento. Entre otras cosas, finalmente se abandonaba la idea de que el reino de los cielos estaba vetado a los ricos y se consideraba a la riqueza como sinónimo de bendición divina.  

La aspiración a la opulencia dejaba de ser juzgada como un pecado y luchar por el propio bienestar era digno y deseable. Así como en la Tierra, un pecador pugnaba por ganarse el cielo, también luchaba dignamente por su ganar -o mantener- su riqueza.  Quienes así no lo hacían eran holgazanes y vagos, y su comportamiento era éticamente reprobable.  

Gracias a este imaginario, vivir de la beneficencia se comenzó a considerar una forma de parasitismo social.  Algo insólito en una sociedad donde la acción social estaba ligada a la misericordia y a la caridad.  

Estos pueden ser los orígenes ideológicos del Ser Omnipotente, el self-made-man, un Hombre hecho a sí mismo.  

Extrapolando estos principios, todos somos dueños de nuestro destino, de superarnos cada día, de ver la vida como una larga sucesión de evaluaciones y contiendas.  

Si entendemos en profundidad la implicación de esta moral religiosa, concluiremos afirmando que el pobre es pobre porque no se ha esforzado lo suficiente y ser fracasado no es una circunstancia.  De modo que se responsabiliza al pobre de ser pobre por «no trabajar duro», de su situación y posición social.   

Casos, éxitos y fracasos individuales  

Algunas voces de la psicología han bebido de estas aguas y ello puede verse en distintos enfoques. Aprender de cada error y mejorar la tasa de respuesta es una expectativa que puede implementarse muy bien en ratas de laboratorio, pero no en individuos. Tal vez un roedor pueda estudiarse a través de sus logros, pero la situación de un ser humano difícilmente pueda compararse a vivir en una jaula de Skinner. 

Cuando tenemos un usuario en nuestra consulta, sabemos que tras ella/él hay toda una vinculación social, afectiva, laboral, familiar, formando una estructura extensa y compleja. Ello nos obliga a evitar considerarlo meramente «un caso» o a centrarnos en «una meta» sin antes reconocerlo como ser social, enraizado vivamente a un tejido invisible.  

Aleccionando gratis: «Todo problema es un reto, toda vivencia es un aprendizaje»  

«La única barrera eres tú mismo, sólo tienes que aprender a saltarte». Hemos heredado y reproducido las falacias propias de esta moral religiosa ancestral, acentuadas por el individualismo. Cuando han trascendido a la psicología, han problematizado cada existencia dolorosa, sosteniendo que, con su accionar, cada sujeto es el único responsable de sus fracasos.  

Han problematizado cada existencia dolorosa, sosteniendo que, con su accionar, cada sujeto es el único responsable de sus fracasos

No hay mercado laboral, no hay clases sociales, no hay limitaciones raciales ni étnicas. Este discurso utiliza las escasas excepciones de nuestro entorno para hacer de ellas una regla y afirmar que «Si X lo ha conseguido, entonces es posible». Como si las posibilidades fueran iguales para todos… 

Ello les permite a profesionales de la salud mental o del coaching aleccionar a la población afirmando que «todo problema es un reto, toda vivencia es un aprendizaje». No verlo así significa sostener un «locus de control externo», un impedimento para tener control de la propia vida.   

Nosotros no siempre veremos cada problema como un «reto personal», no encarnamos «versiones mejoradas de nosotros mismos», y este lenguaje tan seductor como vacuo renueva, sin darnos cuenta, nuestros votos con la falacia del Hombre Omnipotente.

En estos tiempos de pandemia podemos ver que no somos dueños de nuestro destino, sino que dependemos de muchas variables ajenas a nosotros mismos, algunas de ellas incluso son escasamente modificables a voluntad.  No permitamos que nos reduzcan a un éxito o a un fracaso puntual. No admitamos juicios externos sobre lo que somos o no capaces de ser. Ni para bien ni para mal. Recordemos más que a Luisa L. Hay, a Ortega y Gasset: «Yo soy yo y mi circunstancia». Somos expertos sobre nosotros mismos.

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Primeros auxilios ante el ciberacoso

Un mensaje anónimo difamador, una publicación en una red social en la colgaron tu imagen sin tu permiso o un correo electrónico amenazante… Todos los que estamos en la Red nos exponemos a estas situaciones, por ello, aprender qué hacer ante el ciberacoso resulta tan importante.

El ciberacoso es una forma de daño intencional reiterativo producido mediante medios digitales.  Puede ser directo –mediante agresiones o descalificaciones-, indirecto –mediante la publicación de información o rumores en las redes sociales- o vía terceras personas –mediante suplantación de tu identidad-. 

Habitualmente los agresores se escudan en el anonimato y amenazan, calumnian e injurian con el propósito de hacer daño a su víctima. Dentro del ciberacoso también se hallan todos los delitos contra la intimidad que exponen datos personales, imágenes o comunicaciones privadas sin autorización previa.    

Los motivos de los agresores pueden ser el despecho y subsiguiente tentativa de venganza, la frustración, el intento de excluir a alguien de un afecto o de su círculo afectivo, la búsqueda aprobación de un grupo o el mero aburrimiento. Destacan en los agresores su pobre gestión de la violencia y una marcada cobardía. 

Al contrario de lo que puedan suponer, los agresores no son invulnerables en tanto que los hechos que conforman el ciberacoso pueden ser objeto de denuncia y castigo punitivo.  

Luchando contra el ciberacoso en 7 movimientos

Aquí te dejamos una lista de primeros auxilios que pueden servirte en caso de estar viviendo un acoso virtual: 

  1. Recopila toda la información que puedas. Haz y guarda las capturas de pantalla, reenvía los mensajes de voz, imprime los mensajes o correos electrónicos. Asegúrate de guardar un registro de los acontecimientos, te será de utilidad si te vieras en la necesidad de denunciarlos.  
  1. No reacciones prematuramente contra el agresor. Aunque nos resulte muy difícil, el primer impulso defensivo debe ser contenido. Si respondemos violentamente, nos ponemos a su altura y entramos en su juego. La palabra clave es contención.  
  1. Reconoce tu posición. Todos los que estamos en la Red quedamos expuestos al ciberacoso. Eso no significa que tú no tengas derecho fundamental al honor, a la intimidad personal y familiar y a la propia imagen. Si alguien vulnera tus derechos personales, eso te transforma en una víctima pero con capacidad de reacción. No permitas que nadie te responsabilice del acoso al que estás siendo sometida/o. Debes tener muy claro que, aunque te hayas expuesto, tú no te mereces esto. 
  1. Apóyate en tu entorno. Busca comprensión y apoyo en tu círculo más cercano. Es muy importante que no encubras el acoso ni al agresor. Hablar y expresar tus emociones con los tuyos puede ser muy curativo. Es allí donde resulta más fértil enseñar lo que te genera esta situación.  
  1. Planifica la respuesta. Una vez que te enfríes, planifica cuidadosamente tu reacción. Valora denunciar a las autoridades lo que ocurre, aunque sólo sea para dejar constancia. Diseña un plan de qué hacer ante la próxima situación y no lo hagas sola/o. Busca en los profesionales, las autoridades y tu entorno la respuesta más acorde y proporcionada.  
  1.  Actúa. Recuerda, en ningún momento tu respuesta debe vulnerar la Ley. Cuando estés lo suficientemente segura/o de cómo proceder y reveas tu plan de acción, llévalo a cabo. No se trata de hacer lo que te han hecho ni de vengarte, sino de detener el curso de la agresión. A veces, basta con bloquear a un/a indeseable, dar aviso a tus amigos más cercanos y buscar su apoyo.  
  1. Controla el impacto que la agresión ha tenido en tu vida. Es muy importante no ponerse el traje de superhéroe y no sostener que cada agresión nos hace más fuertes, porque la violencia puede dejar secuelas. También resulta crucial no reaccionar retrayéndose socialmente y cerrar todas las cuentas en las redes. Entre sacar pecho y esconderse, hay un punto medio en el cual comprendes la vivencia, la asimilas y continúas tu camino encontrando gente maravillosa (y otra que no lo es tanto).   
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Falsas creencias sobre el suicidio

Repetidas hasta el cansancio, populares y categóricas, las falacias son argumentos en apariencia lógicos pero intrínsecamente erróneos. Las falacias sobre el suicidio, además, tienen un enorme potencial destructivo

Una tentativa de suicidio, especialmente cuando es perpetuada a un ser querido, nos conmociona profundamente cuando se interpreta como un atentado contra el propio ser.  Distintas falacias sobre el suicidio parecen protegernos de esa conmoción y alejarnos de esa interpretación. No sorprende, entonces, el enorme éxito y alcance social que estos razonamientos engañosos han recibido. 

“Quien se va a matar, no avisa”

Falacia sustentada bajo la creencia de que “el suicidio es un acto impulsivo que no se piensa, por ende, el que realmente se va a matar, no avisa”. 

La realidad es que hay suicidios planificados y no planificados, depende del grado de impulsividad que tenga el suicida. Como sea, el suicidio no es siempre un impulso incontenible ni un acto carente de lógica. Puede ser una acción muy bien meditada y detalladamente planificada. En muchos casos, anunciada.  

Dar a conocer las intenciones suicidas es muy frecuente, aún en suicidios consumados, sean estos productos de un impulso o no.    

“Cuando alguien habla de suicidarse es para llamar la atención”

Falacia sustentada bajo la creencia de que cuando se manifiestan intenciones suicidas se busca una ganancia secundaria de cuidado y atención por parte de los otros.  

Cuando nos enfocamos en las ganancias que puede encontrar alguien que dice querer perder su vida, tapamos el sol con un dedo.  A pesar de que hay períodos vitales, como la adolescencia, en los cuales el suicidio puede ser una idea más recurrente, el anuncio suicida no merece ser desestimado como un mero intento de llamar la atención. Básicamente porque infravalorar este anuncio, pueden concluir con la muerte misma del anunciante.  

“El suicidio es de cobardes, es la salida fácil”

Falacia sustentada en la creencia de que el suicida es quien está escapando de una situación que no afronta con valentía.  

Un superviviente de una tentativa de suicidio no necesita jueces, sino un entorno amigable y recursos

¿Alguien puede sostener la creencia de que suicidarse es fácil? Como señalaba el filósofo Kishnamurti “preguntarnos cómodamente sentados en casa o en un laboratorio si un hombre debe o no suicidarse, eso carece por completo de sentido”. Juzgar una tentativa de suicidio o a un suicida es absolutamente innecesario y contraproducente. En todo caso, un superviviente de una tentativa de suicidio no necesita jueces, sino un entorno amigable y recursos.  

“No se puede hacer nada por el suicida”

Falacia sostenida en que la muerte del suicida es inexorable e inevitable. 

Evidentemente la intervención psicológica y terapéutica ha evidenciado que hay mucho camino por recorrer con los supervivientes de un atentado suicida. Un suicida no siempre es alguien carente de razón y no necesariamente padece un trastorno.  

El apoyo del entorno puede ser decisivo en la reformulación del objetivo del suicida. Por ello, es importante que no se señale a un suicida como un “caso perdido” ni se lo catalogue a la ligera como “responsable” de sus desgracias.   

Generalmente consideramos víctimas a quienes padecen un acontecimiento contrario a su voluntad y sobre el que no tenían control alguno. Resulta contraintuitivo que alguien pueda ser víctima de un acontecimiento autoprovocado, sobre todo cuando conoce las consecuencias de sus actos. Sin embargo, con independencia de sus intenciones y conocimientos, ¿el suicida no es una víctima? Reconocer esa cualidad de víctima y lo contraintuitivo que es el suicidio, nos ayuda a entenderlo. 

“Nadie es responsable de un suicidio”

Falacia sostenida desde la creencia de que cada uno es dueño de su destino y el suicida es el único responsable de sus actos.  

Rodeados como estamos de casos de acosos de múltiples naturalezas: bullyingmobbingacoso sexual, no podemos dejar de señalar que el suicidio no sólo debe analizarse teniendo en cuenta la conducta del suicida, sino que debe incluir la del entorno.  

El entorno no sólo puede influenciar o promover la acción suicida, sino que, además, puede inducirla directa o indirectamente. 

Además de sus connotaciones psicológicas, inducir a alguien al suicidio es un delito “castigado con la pena de prisión de cuatro a ocho años” según la legislación vigente española.  

Hasta aquí, cinco creencias falsas sobre el suicidio que se han repetido hasta considerarse verdaderas. 

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Cuestionario de personalidad: más cerca del zodíaco que nunca

Las simplificaciones de la naturaleza y la diversidad humana nos suelen resultar enormemente atractivas. Un ejemplo de ello es cómo toda la variabilidad existente cabe en doce signos zodíacos. En psicología, los modelos de la personalidad han cumplido la misma función y recibido muchísima atención por parte de la clínica.  

Analizaremos el modelo trifactorial de la personalidad conocido como modelo PEN por las siglas de cada uno de las dimensiones que lo componen: Psicoticismo, Extraversión y Neuroticismo. Hans Eysenck (1916-1997) ha formulado un modelo descriptivo y explicativo de la personalidad que permite percibirla como una estructura jerárquica, dado que algunos rasgos pueden pesar sobre otros.  

Eysenck considera a cada dimensión dentro de un continuo, así, la extraversión y la introversión se caracterizan por la preferencia o no de la estimulación que procede de otras personas. Una inclinación a la “estimulación social”, que se traduce en dos factores: la sociabilidad -orientación a la gente- y la impulsividad -orientación a la acción-.  

Las otras dimensiones del modelo trifactorial o PEN de la personalidad son el neuroticismo y psicoticismo. El neuroticismo se refiere a la reactividad emocional a los estímulos, negativa e intensa. El psicoticismo, en cambio, hace referencia a la sensibilidad emocional y la compasión.  

Fallos del modelo 

Eysenck explicó la estructura de la personalidad relacionando biología y temperamento. El modelo PEN representa un modelo estrella de la teorización descontextualizada. Si seguimos las caracterizaciones de Domingo Curto (2009) podremos descubrir, en primer lugar, que el modelo ignora en buena medida el razonamiento del sujeto. Se limita a describir su comportamiento potencial a través de un punto de vista normativo del mismo.  

Evitemos creer que la personalidad existe “en el vacío” 

Sus planteamientos sostienen que la personalidad es estable, por lo que tienden al innatismo y a responsabilizar al sujeto por su comportamiento independientemente de la situación. Este enfoque es funcionalmente internalista. Las dinámicas no son interpsíquicas, sencillamente porque el otro no es tenido en cuenta en la ecuación. Tal es el fuerte sesgo individualista que omite toda lógica de la acción colectiva.  

Cuestionario de personalidad según el modelo PEN 

En el análisis de la personalidad, el cuestionario de personalidad EPQ diseñado por Eysenck como recurso evaluativo eficaz, es acorde con el modelo PEN y responde a un canon positivista del conocimiento. Las medidas experimentales prescinden de cualquier entorno ecológicamente válido para centrarse en una condiciones materiales, formales y ambientales de laboratorio. En lugar de considerar al laboratorio como un ambiente fuertemente inhibitorio, se lo contextualiza como un entorno aséptico, neutro y científicamente controlado.  El cartesianismo, implícito en el modelo PEN y en el cuestionario EPQ, hace alarde de un racionalismo, internalista e individualista, que ralla lo obsceno. Todas las respuestas son verbales y ninguna exige vincularse a otro ser humano.  

De la personalidad al ser social y contextualizado 

De mantener el modelo PEN, es necesario analizar, entre la respuesta y los tipos de personalidad, el peso de los factores del contexto que son pertinentes en la modulación del comportamiento y del pensamiento. Evitando creer que la personalidad existe “en el vacío”.  

Toda simplificación en psicología representa un empobrecimiento peligroso. Estudiar la personalidad en función del entorno debe ser el primer paso para abordarla. Buscar respuestas comunes y diferentes de la personalidad ante la lógica contextual. Ello implica cuestionar el modelo y rechazar la ingente cantidad de investigación psicométrica realizada hasta ahora bajo los criterios PEN. 

Retornar a los test cualitativos e interpretativos de la conducta, evitando los tests cuantitativos -como el cuestionario EPQ para analizar la personalidad-, arriesgando la validez interna en pro de la validez ecológica del constructo. Rescatando el concepto de “ser social” para evaluar la personalidad como respuesta interaccional más que como estructura individual y estable, vinculándola estrechamente a su entorno y tiempo. 

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TCLV: Trastorno Cognitivo Leve asociado al VIH

La comunidad seropositiva se enfrenta al Trastorno Cognitivo Leve asociado al Virus de inmunodeficiencia adquirida (VIH). Sin embargo, muchos profesionales de salud mental desconocen y, por ende, ignoran la existencia del TCLV

DVIH

Los distintos estadios de la demencia asociada a infección por virus de inmunodeficiencia humana (DVIH) permiten establecer su clasificación utilizando criterios y características específicas.

La DVIH no puede ser diagnosticada únicamente mediante exámenes radiográficos y de laboratorio, pero dichos estudios nos permiten descartar diagnósticos alternativos. Por ejemplo, las técnicas de neuroimagen y estudios hematológicos permiten descartar posibles alteraciones hepáticas, hormonales, patologías estructurales del SNC, déficits vitamínicos y variables linfocitarias.

La recolección del líquido cefalorraquídeo.(LCR) vía punción lumbar nos permite detectar infecciones del SNC y descartar posibles etiologías diversas.

Por ello, el diseño evaluativo requiere de un equipo interdisciplinar con capacidad de ofrecer los medios profesionales, técnicos y materiales suficientes. De este modo podemos adaptar el proceso a los resultados y necesidades indagatorias que vayan surgiendo.

La evaluación incluye herramientas de screening inciales, tests psicológicos propiamente dichos, pruebas de neuroimagen y un examen de biomarcadores a través del LCR.

TCLV: Trastorno Cognitivo Leve asociado al VIH

El Trastorno cognitivo leve asociado a VIH (TCLV), se encuadra dentro de las formas de demencia asociada a infección por virus de inmunodeficiencia humana (DVIH).

El TCLV puede desarrollarse aún bajo tratamiento antirretroviral y en pacientes con una carga viral indetectable. Es independiente de los valores CD4 y CD8 rastreados en sangre.

Generalmente, el motivo principal de consulta son problemas de memoria autopercibidos: olvidos frecuentes, abandono involuntario de actividades u objetos, etc.

El deterioro del funcionamiento cognitivo compromete un mínimo de tres dominios cognitivos: memoria, destreza motora y funciones ejecutivas.

La infección crónica de VIH y los daños de etiología neuropatológica tienen una cualidad de inexorabilidad, más allá de la plasticidad neuronal.

El deterioro del funcionamiento cognitivo compromete un mínimo de tres dominios cognitivos: memoria, destreza motora y funciones ejecutivas

Los pacientes seropositivos que superan la adultez plena presentan una disminución del rendimiento típica del envejecimiento. Sin embargo, en el TCLV el deterioro tiene un ritmo mucho más voraz, aun cuando presenta variaciones.

Las afectaciones motoras incluyen una notable hipocinesia y bradicinesia. Pudiendo percibirse rasgos marcadamente inexpresivos.

Emocionalmente apáticos y desinteresados por su sexualidad estos usuarios también suelen padecer alteraciones mnemónicas que incluyen un déficit en la recuperación.

Tratamiento del TCLV

El TCLV puede desarrollarse aún bajo tratamiento antirretroviral y en pacientes con una carga viral indetectable

El enfoque del tratamiento que reposa exclusivamente en un modelo biomédico tradicional no nos aporta pistas significativas sobre las decisiones que podemos tomar como profesionales de la psicología. Evidentemente la trascendencia de la terapia farmacológica es innegable, pero debemos potenciar las variables moderadoras.

El tratamiento se divide en cuatro áreas de recuperación: atención; memoria de trabajo y aprendizaje; funcionamiento ejecutivo, motor y memoria de trabajo; y, por último, consciencia metacognitiva.

También se busca incidir en las estrategias socializadoras que puedan funcionar como estímulo cognitivo y resarcir las afectaciones emocionales. El apoyo social percibido está vinculado al disestrés emocional y está considerado como un índice de calidad de vida.

Las estrategias de afrontamiento son un factor básico de salud mental. El afrontamiento de control primario y secundario se relaciona con estrategias reguladoras emocionales, de resolución de problemas y adaptativas.

En cuanto a la calidad de vida, un alto índice de satisfacción indica bienestar en las distintas vitales, incluyendo la económica y modera el impacto que otras variables negativas pudieran tener.

Este ha sido un breve repaso de las características y tratamiento de un trastorno ampliamente ignorado por la propia comunidad científica y terapéutica, el Trastorno cognitivo leve asociado a VIH. El objetivo es darlo a conocer y promocionar su estudio.

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Depresión persistente: hundidos en la tristeza

La depresión persistente -o distimia- durante los últimos dos años se considera un trastorno mental de relativa frecuencia. Sin embargo, una inmensa cantidad de casos no son capaces ni de reconocer lo que les pasa ni piden ayuda

No me importaría si tuviera que morirme hoy mismo- dijo con total apatía. Era indiferente hacia su porvenir, en el sentido de que no guardaba esperanzas sobre su futuro. Todo daba bastante igual.

En los últimos meses, sólo quería dormir y comer. Había ganado peso porque ingería muchas más calorías de las que consumía y dormía muchísimo, pero mal.

Había días que estaba más irritable que apático y, entonces, todo lo crispaba, así que buscaba estar solo.

En los últimos dos años, su ánimo parecía haberse estancado en un limbo anhedónico, con escasas vivencias de placer. Podías, como decía aquella canción, contar con los dedos cuantas veces se había reído genuinamente en una semana y te valía una mano.

No parecía entender lo que vivía, el «viaje a ninguna parte» que transita alguien que padece una depresión persistente. Pero si se lo planteabas, sistemáticamente negaba o infravaloraba lo que le sucedía.

Lo había visto en otros casos, las variables podían oscilar -hay quien no come nada y duerme poco y mal-, pero el resultado era el mismo.

El caballo no tira, como en La historia interminable -o La historia sin fin-, se hunde en el pantano de la tristeza. La escena es desesperante y te llena de impotencia porque acaba inexorablemente en una desolación.

Algo similar ocurre con los seres queridos de alguien que padece distimia, se irritan y tiran de las riendas con fuerza, gritan y pelean contra la voluntad del otro y obtienen escasos o nulos resultados.

Tu capacidad de maniobra es escasa cuando se trata del otro, por mucho que lo quieras

La distimia o depresión persistente no es igual a la depresión mayor, no conlleva planes de suicidio. El otro ha acabado adaptándose a la tristeza en la que vive y se ha resignado a lo que considera invariable e inevitable, como Artax. Así que padecer una depresión persistente o convivir con quien la padece, es una odisea en la que hay que resignar que, si no se consigue ver la necesidad de salvarse y andar, seguirá hundiéndose en el lodo.

Es una lección dolorosa cuando se quiere a alguien: no se puede ayudar a quien no quiere ser ayudado. Pero al mismo tiempo es una lección importante para la vida, los límites del amor te recuerdan que que tu capacidad de maniobra es escasa cuando se trata del otro, por mucho que lo quieras.

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Patologizando las reacciones ante el COVID-19

En estos tiempos de pandemia, a través de los medios de comunicación y las redes sociales, se generaliza una visión de sociedad enferma al campo de lo psicológico

Releyendo las diferentes reacciones sobre el COVID-19 de la comunidad de psicólogos, llama la atención el hecho de que los escritos tienden a alertarnos y a patologizar las diferentes reacciones individuales ante la pandemia.

De esta manera, se habla de trastorno de estrés postraumático, duelo patológico y fobias con inusual frecuencia. Hay evidencia clínica de que, efectivamente, se está dando un aumento de estas patologías, pero habríamos de cuestionar su generalización a la población.

A la hora de valorar una patología, tenemos en cuenta el nivel de incidencia que tienen los síntomas sobre la vida del usuario y/o sobre su entorno. Es decir, su nivel de afectación e incapacitación.

En relación al COVID-19, sin embargo, se echan en falta todos esos artículos que, del otro lado del espectro, nos lanzan un mensaje normalizador sobre las respuestas manifiestas, promoviendo la calma y la sensatez.

El miedo y la ansiedad dejan de ser adaptativos cuando impiden llevar una vida normal, insisten. Pero ¿cuánto miedo hay que tener para considerarlo un problema? ¿Una de las funciones del miedo no es precisamente esa, frenar la acción? ¿Aún podemos seguir hablando de normalidad dentro de una pandemia?

En la actual situación, la frontera que podemos dibujar entre un miedo invalidante y otro apropiado es tan delgada como vaga e inexacta. Algo similar se podría afirmar sobre los niveles de ansiedad.

Sin considerar el contexto, las reacciones y las emociones pueden ser difíciles de entender

Lo primero que hay que rescatar es que el miedo a una pandemia es normal, lógico y esperable. Si el miedo nos impide llevar una vida normal en el confinamiento, antes de hablar de fobias, es preciso tener en cuenta el factor mismo del confinamiento. Es probable que la exposición habitual a la situación temida probablemente ofreciera otro resultado. Sin considerar el contexto, las reacciones y las emociones pueden ser difíciles de entender.

Si de lo que trata es de entender lo que sentimos, pensamos y hacemos, normalicemos y actualicemos nuestros estándares de respuesta a esta situación concreta.

En el continuo imaginario que podemos trazar entre la patologización y la normalización, hay lugar para una infinidad de matices. Por ello, conviene recordar que no hay una reacción idónea, sana y equilibrada ante el COVID-19; la salud mental y lo saludable es tan imperfecto como lo somos nosotros.

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