Categoría: Emociones

Emociones

Crush, encaprichamiento, limerencia, enamoramiento

No podemos ponerle cercos al cielo, pero sí podemos intentar comprender cómo funciona la mente cuando la eclipsa el deseo. Un crush, un encaprichamiento, la limerencia y el enamoramiento implican niveles distintos de activación emocional, de implicación cognitiva y de participación de los sistemas neurobiológicos del apego y la recompensa. Ninguno constituye una patología por sí solo, pero todos pueden generar malestar, urgencia o confusión si no se comprenden. Conocer las características psicológicas de cada estado -y sus efectos cuando existe reciprocidad o cuando no la hay- nos ayuda a regularnos mejor y a relacionarnos de manera más consciente

I. Crush / Metejón

II. Encaprichamiento

III. Limerencia

IV. Enamoramiento

V. La urgencia psicológica del deseo y del vínculo

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Apego, desgaste y miedo al cambio ante una ruptura

Una relación puede entrar en un estado de ruptura prolongada, un territorio intermedio donde el vínculo no se sostiene, pero la separación aún no se concreta. Las rupturas no siempre ocurren en un momento puntual; con frecuencia se dilatan en el tiempo, generando un clima de tensión, culpa y agotamiento que inmoviliza a ambas personas. Estos procesos suelen generar señales de agotamiento emocional, culpabilidad, dificultad para atender las propias necesidades y ciclos de ruptura y reconciliación. Atravesarlos implica recuperar la propia voz y, en el espacio terapéutico, evitar proyectar la urgencia de resolución sobre el terapeuta, para poder ordenar la experiencia, identificar posibles dinámicas de maltrato, comprender la ambivalencia y tomar decisiones desde un lugar menos reactivo y más consciente

I. Señales de agotamiento emocional

II. Culpa, presión emocional y la invisibilidad de las propias necesidades

III. Ciclos de ruptura–reconciliación y el papel del apego

IV. Relaciones de maltrato: progresión en formato escalera

V. Cuando la proyección recae sobre el psicólogo

VI. Sostener el proceso y recuperar la propia voz

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Estrategias para cultivar el equilibrio emocional

El Trastorno Límite de la Personalidad (TLP) es una condición caracterizada por una intensa sensibilidad emocional, impulsividad, relaciones interpersonales inestables y un marcado temor al abandono. Estas experiencias generan un sufrimiento emocional significativo que suele manifestarse en conductas autodestructivas o desreguladas. Sin embargo, lejos de ser irremediable, es posible entrenar habilidades que nos permiten gestionar las emociones de manera más eficaz. A continuación, exploramos cuatro pilares esenciales

I. Mindfulness

II. Tolerancia al malestar

III. Regulación emocional

IV. Eficacia interpersonal

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Desmitificando y entendiendo al narcisismo

Son muchos los medios de (des)información y redes sociales que banalizan y satanizan los comportamientos narcisistas. Sin embargo, desde los rasgos narcisistas hasta el extremo psicopático hay un continuo extenso y diverso. Conozcamos la trascendencia del Yo ideal, de las emociones y del estatus como claves para abordar el funcionamiento y reformular las reacciones narcisistas

El peligro de la desinformación al hablar de narcisismo

Ampliando nuestro conocimiento

Cuando debe bajar al Yo real, lo hace desde la resistencia y el riesgo a la conflictividad interna

Entendiendo un funcionamiento frecuente narcisista

Refugios donde sanar

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COVID-19: «Dejé de reaccionar desde el miedo»

Un testimonio del viaje que supone sobrevivir a esta pandemia de COVID-19 nos señala la importancia de los posicionamientos individuales

Me pasé toda la primera ola repitíéndome como un mantra «todo saldrá bien» y poco a poco fui entendiendo que estaba consumiendo y reproduciendo un mensaje que no era honesto, que no era acorde con mi sentir. Eso y el «saldremos mejores» me produjo una enorme frustración. Al final, estaba harta. 

A mi alrededor tenía que convivir con muchas actitudes que me parecían inconscientes, con descuidos, negligencias, incoherencias hacia el COVID, me irritaban de suma manera, ¿Tan difícil es ponerse correctamente una mascarilla? ¿Es necesario violar el toque de queda sólo por «pasarlo bien»?

Además de la pluralidad de comportamientos que vemos en nuestro entorno, hay una pluralidad de criterios científicos sobre el COVID (mascarilla sí, mascarilla no) que acaban creando confusión. Pareciera que los encargados de velar por la seguridad no tienen claro qué es seguro y veo demasiados golpes de efecto y de timón como para generar confianza. Al hartazgo por la situación se le sumaba ahora una desconfianza hacia las medidas y recursos planteados desde arriba.

Todo esto sin contar con la banda de los negacionistas. Yo entiendo que hay que convivir con ellos y respetar las opiniones divergentes, pero me cuesta horrores, porque lo único que oigo es una parida tras otra.  Se hace difícil actuar responsablemente porque ya no sabemos qué significa. Así que pareciera que cada uno hace su santa voluntad.

La miré en silencio. -¿Has decidido hacer algo al respecto?-. 

-Sí, dejar de reaccionar desde el miedo-. Había llegado su hora de elegir conscientemente cómo responder ante cada cifra y variante.

Es evidente que hoy la pandemia plantea un posicionamiento individual. Son muchos los que están cuestionando su vinculación con los medios de comunicación y las redes sociales, ante los fenómenos de sobre información, manipulación informativa y desinformación que perciben.

«Lamentablemente estar harta no es suficiente para que acabe esta vivencia»

Lamentablemente estar harta no es suficiente para que acabe esta vivencia. Cada vez queda más claro que las (re)soluciones simplistas no pueden considerarse viables y que el fin de la pandemia no depende únicamente de un elemento, así que, mientras tanto, nos toca convivir con este virus.

-Yo he llegado a pensar que, tarde o temprano, todos vamos a infectarnos. Así que me parece que es lógico que cada uno tome sus propias decisiones partiendo del hecho de que infectarse puede escapar de nuestro control.

Probablemente, esta no es la primera vez que debemos medir riesgos responsablemente y tomar decisiones sobre nuestra salud.

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Tratamiento del duelo y de la pérdida

La necesidad de disminuir el dolor que sucede a una pérdida se transforma en una exigencia frecuente en el consultorio, aun cuando lo perdido forma parte de la identidad del usuario. ¿Qué alternativas hay cuando «dejar atrás» no es una primera opción? ¿Qué podemos ofrecer cuando «dejar de sufrir» no es posible?  

El periplo del duelo hacia la aceptación de la pérdida que señaló en su día Kubler Ross, ha servido de guía profesional para la intervención terapéutica. Sin embargo, desde la terapia narrativa, Michael White ha criticado que, en la práctica, el tratamiento del duelo se haya hecho con el objetivo de «superar» la pérdida, dejándola detrás. Aun cuando pueda resultar contracultural, White considera que honrar al vínculo que cada usuario tenía con la persona ausente, ha obtenido muy buenos resultados. Especialmente cuando «el objeto» perdido formaba parte de la identidad del usuario. En esos casos, ese «dejar atrás» a la persona ausente, se podría percibir como una renuncia de una parte de la propia identidad. 

Sin embargo, si hay algo que acerca a los usuarios a las consultas psicológicas, es el dolor emocional que prosigue al momento de la pérdida. Ese dolor emocional punzante, en muchos casos, puede mutar como ira, decepción o tristeza, pero que no lo abandona ni un día. 

El consultorio como un cuartel de bomberos

Querer desprenderse de esos sentimientos, aún antes de querer desprenderse de la persona o relación perdida, es el motivo de consulta estrella. En ese momento, la llamada al profesional parece un poco un teléfono del cuartel de bomberos, cuando escuchamos algo como: «apague este fuego y luego hablamos».  

En la relación terapéutica puede llegar a ser duro para ambos, usuario y terapeuta, tener que darnos cuenta y enfrentar el hecho de que las cosas no funcionan así. No siempre es posible librarse del dolor emocional que prosigue a la pérdida y, el acompañamiento al duelo, es un trabajo modesto. Aun así, es un trabajo minucioso pero que puede llegar a enriquecer a ambas partes.  

«Si no voy a sentirme mejor, ¿para qué voy a venir?»

«Pero si no voy a sentirme mejor, ¿para qué voy a venir?». El pragmatismo reduccionista de quien vive un duelo tiende a la búsqueda de la mejoría inmediata. Es la expectativa de arribar a una solución mágica instantánea. En esos momentos pareciera que la expectativa del doliente es tan alta como irreal y tan persistente, como el dolor emocional que tiene forma de esa ausencia. 

La invitación a aceptar y respetar la vivencia de duelo aparece en la sesión como un siniestro en el consultorio. ¿Aceptarlo para qué? Acabar la guerra abierta con la pérdida y respetar esos momentos amargos, furiosos y frustrantes sobre los que no queremos oír nada. 

La falta de flexibilidad, la obstinación, la negación son ruedas elementales del engranaje del duelo prolongado, purulento y difícil. A veces, renunciar a combatirlo puede dar comienzo a un nuevo escenario. En esa «desesperación creativa» de la que nos habla Wilson y Luciano, se puede dilucidar una nueva puerta más allá de las soluciones intentadas. Probablemente incómoda y escasamente atractiva, como un pasillo que conduce a un nuevo paisaje interior.     

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De emociones negativas, relaciones tóxicas y otras condenas

Las «emociones negativas», las «relaciones tóxicas» y los «vampiros de energía» forman parte de un imaginario de la «filosofía del sentirse bien» que tiene un enorme potencial destructivo

El estudio de las emociones ha sido un terreno complejo para la psicología. Durante décadas, especialmente en los intentos por investigarlas en entornos controlados de laboratorio, se popularizó una clasificación que distinguía entre emociones positivas y negativas, atendiendo principalmente al efecto subjetivo que producían en quien las experimentaba.

Sin embargo, conviene aclarar algo desde el principio: las emociones no son negativas en sí mismas. Incluso aquellas que resultan más desagradables o perturbadoras cumplen funciones adaptativas esenciales. La ira, por ejemplo, puede movilizarnos frente a una injusticia percibida; el miedo nos alerta ante posibles amenazas; la tristeza favorece procesos de reflexión, adaptación y recuperación tras una pérdida.

Una emoción no determina automáticamente una conducta. Sentir tristeza no implica necesariamente llorar, del mismo modo que sentir ira no conduce inevitablemente a la agresión. Por ello, resulta fundamental distinguir entre emoción y acción. Las emociones pueden ser incómodas, intensas o dolorosas, pero eso no las convierte en algo malo.

La condena de las emociones

Durante las últimas décadas, una interpretación simplificada de la distinción entre emociones positivas y negativas ha ido ganando terreno en ciertos discursos de autoayuda, desarrollo personal e incluso en algunas prácticas de acompañamiento psicológico y coaching.

Hoy es frecuente escuchar que determinadas emociones nos «bajan la energía», nos «bloquean» o nos «contaminan», promoviendo así una actitud de rechazo hacia experiencias tan humanas como el miedo, la tristeza o la frustración.

La consecuencia de esta visión es evidente: las emociones dejan de entenderse como señales o experiencias contextualizadas y pasan a ser consideradas entidades indeseables que deben eliminarse. Ya no se cuestiona qué nos está indicando una emoción o cómo gestionarla, sino que se condena directamente el hecho mismo de sentirla.

Cuando un profesional promueve esta actitud —aunque invoque conceptos asociados a la psicología positiva— corre el riesgo de fomentar la represión emocional. Y reprimir emociones rara vez mejora la calidad de vida de las personas. Lo que sí puede resultar beneficioso es aprender a relacionarnos con ellas de manera más saludable, comprendiendo su función y decidiendo conscientemente qué hacer con aquello que sentimos.

No existen emociones malas en sí mismas, aunque algunas resulten desagradables o desestabilizadoras.

Del malestar emocional a las relaciones «tóxicas»

La idea de que existen emociones intrínsecamente negativas suele extenderse con facilidad al ámbito de las relaciones humanas. Si determinadas emociones aparecen con frecuencia en una relación, esta pasa a ser catalogada como «negativa», «insana» o directamente «tóxica».

La lógica subyacente es sencilla: si una emoción es negativa, entonces cualquier relación asociada a ella también lo será. Sin embargo, esta simplificación ignora la complejidad de los vínculos humanos.

Si siguiéramos ese razonamiento hasta sus últimas consecuencias, deberíamos considerar negativas muchas relaciones educativas, laborales o familiares en las que aparecen conflictos, frustraciones o correcciones constantes. Un maestro exigente, un entrenador riguroso o un supervisor que señala errores pueden generar emociones incómodas sin que ello convierta la relación en dañina.

Resulta llamativo hasta qué punto esta forma de interpretar los vínculos se ha extendido, llegando incluso a incorporarse con naturalidad al vocabulario de numerosos profesionales de la salud y del bienestar.

De las relaciones tóxicas a las personas tóxicas

La consecuencia más problemática aparece cuando se da un paso adicional: dejar de describir una relación conflictiva para convertir a una persona entera en el problema.

La expresión «persona tóxica» presupone que ciertos individuos poseen una cualidad nociva esencial, relativamente independiente del contexto, de las circunstancias o de las dinámicas relacionales concretas. De este modo, alguien deja de ser una persona con la que mantenemos una relación difícil para transformarse en una amenaza en sí misma.

El discurso contemporáneo del bienestar ha contribuido a alimentar esta tendencia mediante una galería de figuras casi mitológicas: vampiros energéticos, portadores de malas vibraciones, personas que «drenan» energía o generan negatividad a su alrededor.

El problema no es únicamente lingüístico. Estas etiquetas desplazan la atención desde los conflictos concretos hacia la estigmatización de individuos completos. Lo que comenzó siendo una condena de determinadas emociones termina convirtiéndose en una condena de determinadas personas.

Podemos mantener relaciones conflictivas, insatisfactorias o incluso dañinas con alguien. Podemos decidir establecer límites o alejarnos cuando sea necesario. Pero eso no nos autoriza a reducir a una persona a la categoría de «tóxica» ni a convertirla en una caricatura moral.

Es asombroso el viaje que esta interpretación pobre ha tenido, hasta el punto que la terminología de «relación tóxica» es utilizada por muchos profesionales de la salud. 

La filosofía del sentirse bien

Todo este recorrido ha contribuido a consolidar una determinada forma de interpretar la realidad: una filosofía del bienestar que no solo prescribe cómo deberíamos sentirnos, sino también cómo deberíamos pensar, relacionarnos, hablar y vivir.

Se trata de una visión que privilegia el confort emocional inmediato y que tiende a considerar sospechoso todo aquello que genera malestar, conflicto o incomodidad. Bajo esta lógica, ciertas emociones deben ser eliminadas, determinadas relaciones deben ser evitadas y algunas personas terminan siendo excluidas.

La pregunta relevante es qué consecuencias está teniendo esta manera de entender la vida en nuestros hogares, en las instituciones, en los espacios de trabajo y en el debate público. Porque una sociedad que aprende a rechazar sistemáticamente el malestar puede acabar perdiendo también herramientas fundamentales para comprenderse a sí misma y afrontar sus conflictos.

Emociones

Inteligencia emocional

Una mala interpretación de lo que significa tener una buena inteligencia emocional puede conducirnos a la represión y a la autocensura

«Emoción» proviene del latín emotĭo, derivado de emotus, participio pasado de emovere y tiene significados tan dinámicos como «mudar», «alejar», «remover» o «agitar». El prefijo e- hace referencia a «fuera». Etimológicamente, entonces, una emoción es «aquello que se mueve hacia afuera».

El norteamericano Daniel Goleman (1946) popularizó el constructo «inteligencia emocional» en 1995 a través de su best-seller. Gracias a la inteligencia emocional es posible comprender el comportamiento emocional propio y del entorno.

Según Goleman, la inteligencia emocional está caracterizada por la buena gestión emocional propia y ajena junto con la utilización y manipulación de la misma como guía cognitiva/ de acción. Los inconvenientes surgen cuando debemos valorar si hemos alcanzado una «buena gestión emocional» en una situación concreta. No olvidemos que las emociones también tienen una función comunicativa para los otros y para nosotros mismos, nos revelan cosas, nos guían, nos permiten construir y vincularnos con los otros. Nos incentivan a destruir vínculos y evitar situaciones futuras.

Regulación emocional

El modelo de Goleman para el análisis de la inteligencia emocional se estructura a través de diferentes competencias emocionales agrupadas como facetas. Estas facetas no se limitan únicamente a la autoregulación, sino que incluyen el conocimiento emocional, la motivación, la empatía y las habilidades sociales.

Ha habido otras propuestas, diferentes a la de Goleman, como el modelo factorial de Bar-On, que pretendieron formular y medir un «cociente emocional» de manera análoga al coeficiente intelectual.

La represión de las emociones es una forma de violencia

El gran escollo sobreviene cuando intentamos poner en práctica la regulación. El constructo original de inteligencia emocional no se relaciona con reprimir ni evitar las emociones que pueden considerarse desagradables. Es decir, no pretende suprimir la angustia, la furia, el odio o la indignación. Sin embargo, cuando se popularizó la «inteligencia emocional» acabó saliendo reforzada la errónea idea de que existen emociones negativas y que lo inteligente es no vivirlas.

Así se ha desvirtuado el significado original de la inteligencia emocional. Ha acabado emparejando peligrosamente la regulación con la represión, desnaturalizando las emociones.

Ya se sabe, la ira, los celos, la envidia, la angustia tienen muy mala prensa. Cuando creemos que existen «emociones tóxicas», no estamos entendiendo su funcionalidad ni reconociendo su universalidad.

Emociones en tiempos difíciles

Las situaciones protocolarias de nuestro día a día suelen requerir una escasa inteligencia emocional. Los guiones de interacción social son estrictos y las normativas no dan mucho espacio a la improvisación. Este es un ahorro que puede considerarse en pos de una mayor seguridad y estabilidad.

Sin embargo, hoy en día asistimos a esas otras situaciones, las extraordinarias, en las que la volatilidad emocional se despliega abrumadoramente.

Cabe preguntarse, entonces, cuando vivimos situaciones extremas, como las que puede detonar una pandemia, nuestras reacciones emocionales ¿son una cuestión de inteligencia emocional general o sólo atañen a esta situación puntual?

¿Cuál sería el resultado del un «cociente emocional» en este momento vital? ¿Sería el mismo a lo largo de toda nuestra vida adulta?

La «inteligencia emocional» hace hincapié en los comportamientos deseables socialmente, pero algunas competencias emocionales valoradas positivamente no son necesariamente adaptativas en situaciones extremas. Ya se sabe, la empatía no hace a un buen soldado. A pesar de ello, no debemos continuar desvirtuando la obra de Goleman. Autorregular y gestionar las emociones no guarda ninguna relación con la represión. La represión de las emociones es una forma de violencia.

Emociones

Emociones sobre la pandemia: frustración, desánimo, hartazgo

Los meses que han pasado nos «pasan factura» y nos cuesta aceptar algunas emociones relacionadas con la pandemia del COVID-19. Intentamos explorar que puede haber detrás de nuestro sentir antes de plantear alternativas.

Frustración

En la Era del individualismo y la superación personal, cuando muchos creían que “cada uno es dueño de su destino”, la imposibilidad de modificar la situación actual mediante las iniciativas personales puede representar un sismo.

Más allá de la esfera individual, la frustración también procede de ver el accionar errante de las instituciones y los políticos, constatar cómo cada error e improvisación inciden negativamente en la economía y la salud pública.

Cuando creíamos que, en caso de pandemia, las grandes organizaciones, como la OMS o la UE, marcarían las directrices a seguir, pequeñas y mezquinas fracciones de cada territorio parecen actuar en su propio interés. Así, politizan la situación y ganan rédito político con la pandemia.

«Es lo que hay», la resignación intenta acabar con la frustración y buscamos sofocar nuestra reactividad mediante la aceptación de la situación.

Desánimo

Cuando una mala situación se perpetúa en el tiempo y no tiende a mejorar, concebir los efectos negativos como irremediables e inexorables, desactiva las iniciativas de cambio.

Aún sin llegar a esos extremos, la tristeza, la apatía, y la falta de esperanza, también nos insta a la inacción. Bajo la creencia de que «no vale la pena intentar cambiar algo que no depende de nosotros», acostarnos a ver la pandemia pasar, parece lo más lógico.

Sin embargo, la forma en la que concebimos esta realidad, sí que podemos moldearla. Podemos ponerle coto y límites al desánimo. La tristeza tiende a reproducirse en cada pensamiento y hasta en cada canción que escogemos. El primer paso es frenar su avance y reproducción; el segundo, contrarrestarla creando momentos de sentirnos bien.

Hartazgo

Luego de más de medio año, la travesía de sobrevivir a la crisis del COVID-19 se está haciendo muy larga.

La realidad de los titulares, su contabilidad de casos nuevos detectados, muertos y zonas de riesgo, acaba resultando hartante.

Estamos saturados de información, tanto que muchas veces preferimos prescindir de ella.

En el peor de los casos, el hartazgo ha dado lugar al rechazo. Mucha gente no quiere tomar medidas contra el COVID-19 o las toma a regañadientes. Llevan una mascarilla desgastada y mugrienta o la utilizan de brazalete. Explotan ante cada nueva medida o, sencillamente, se niegan a dedicarle un segundo a hablar del tema.

Los meses enteros en los que diariamente nos empapábamos de titulares han dado lugar a esta sensación de hastío y indiferencia. «Si, total, da igual». La sobreexposición es la madre de esta actitud defensiva que esconde el riesgo de acabar en un desapego total hacia el entorno.

Listado de antídotos (que no son tales)

Seis alternativas, bocanadas de aire, para de contrarrestar la frustración, el desánimo y el hartazgo.

  1. Limita el acceso a la información pero, sobre todo, estudia tu modo de reaccionar ante ella. Las conclusiones que saques son relevantes porque pueden aumentar tu sensación de frustración, desánimo y hartazgo y desaprovechar posibilidades. Para quienes ven estas actitudes en los otros como un atentado contra la salud pública, un poco de comprensión y empatía puede mejorar la imagen que tenemos de ellos.
  2. Acepta estas emociones «solo por hoy». Deja que estas emociones vengan sin ofrecer resistencia. Permite que te suceda. Procura entenderlas como consecuencias lógicas de un proceso emocional y cognitivo. La aceptación no implica que no debas emprender acciones para invertir la tendencia.
  3. Un día a la vez. Vive el domingo sin pensar en el lunes. Hoy pudo ser un día donde estas tres emociones dominaran tu día, mañana puede ser un poco mejor. Día a día, hora a hora, momento a momento. Ello te permitirá valorar positivamente los momentos mejores y celebrarlos.
  4. Busca pequeños placeres. Una cena deliciosa, dos canciones que te hacían bailar, una película divertida. Procura romper con la dictadura del «todo va mal», para construir un momento en el día en el cual mimarte. Aún en esta situación, hay cosas que te gustan. Explóralas diariamente.
  5. Evita la inactividad y el aislamiento. Activar tu cuerpo y contactar con otros, son dos acciones que pueden requerir iniciativa y, sin embargo, ser gratificantes. A nivel orgánico el ejercicio moderado puede ayudarte emocionalmente. Mientras que compartir con gente que significa mucho en tu vida, puede darle otro sentido a tu día.
  6. Plantéate metas realistas y cercanas que dependan de ti. Pequeños proyectos posibles que estén en tus manos. Ello puede reinstaurar la sensación de dominio y confort sobre tu vida.

Tal como hemos comentado en el anterior artículo, es crucial despatologizar tus reacciones como una manera de proporcionar más calma, serenidad y comprensión a tu vivencia actual.

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Seguridad, protección y desamparo

Maslow le concede a la seguridad personal un lugar básico y principal en su jerarquía de necesidades. Distintos factores que irradian de esta necesidad juegan un papel esencial en la configuración de la personalidad.

La seguridad es una variable trascendental para el crecimiento de una persona. Quienes han padecido carencias a edades tempranas y no han visto garantizada su seguridad, es esperable que orienten su desarrollo a cubrir esas áreas: económica, emocional, relacionalmente, etc.

En el discurso de estos usuarios sorprende la permanencia del ayer en cada decisión que toman hoy, pero el peso de la experiencia nos influye de tal manera que, aún en un entorno completamente distinto, nos esforzamos en combatir al fantasma de lo que fue. Entonces la seguridad -o la ausencia de esta-, deja una huella que orienta el desarrollo y las metas personales.

Durante la infancia, un abuso -físico, emocional y/o sexual- nos puede dejar expuestos e intrínsecamente inseguros. La necesidad de protección nacida de ese sufrimiento muchas veces es acompañada de una sensación de injusticia. Habitualmente estas sensaciones no se diluyen con el tiempo, sino que reaparecen con fuerza, especialmente en las situaciones de crisis. El enlace entre ambas -inseguridad, desprotección e injusticia- es tal, que muchas veces nos sentimos desprotegidos y desamparos cuando volvemos a exponernos a situaciones injustas aunque tengamos medios para defendernos. Así, a una víctima de abusos le puede costar enormemente volver a sentirse subjetivamente segura.

Uno de los retos terapéuticos es que la aceptación de esa sensación de desamparo se desarrolle lejos de la autocompasión

Otra vinculación con la seguridad guarda relación con el control. En aquellos que no han visto garantizada su seguridad, resulta natural -y hasta esperable- que tiendan a querer controlar su entorno y a ellos mismos. Este control es muy característico, porque cómo cobra especial relevancia en la configuración de la personalidad. Una de las metas de una persona controladora es garantizar, con su forma de ser, que el daño no volverá a producirse. La necesidad de controlar es coherente con una personalidad insegura así como el control se relaciona íntimamente con la inseguridad.

La necesidad de protección también se puede ver en la necesidad de proteger a los otros. A veces las propias necesidades se proyectan y buscan satisfacerse en otros, garantizando que el entorno no será victima de las carencias que la persona ha vivido en la infancia.

Como sea, el dolor emocional que produce la desprotección orienta el desarrollo de la personalidad de una manera, en muchos casos, ineludible. Uno de los retos terapéuticos es que la aceptación de esa sensación de desamparo se desarrolle lejos de la autocompasión. La victimización dificulta salirse del rol y asumir el reto.

El desamparo puede llegar a ser difícil de sobrellevar, pero no es imposible. El reconocimiento de la vivencia es, también, un mérito innegable. Como enunció el poeta Bernárdez, «lo que el árbol tiene de florido vive de lo que tiene sepultado».

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