Categoría: Adicciones

Adicciones

Las benzodiacepinas en el modelo español de salud mental

En España, las benzodiacepinas se han convertido en una solución habitual para afrontar la ansiedad, el insomnio y el malestar emocional en la población adulta, hasta el punto de situar al país entre los mayores consumidores de hipnosedantes en Europa. Pero por qué su uso está tan extendido fuera del ámbito hospitalario y qué factores históricos, sociales y estructurales han consolidado este patrón. Aprendamos cuáles son los riesgos y alternativas terapéuticas que nos pueden permitir alcanzar un uso más seguro y sostenible

I. Panorama general del consumo en España

II. Motivaciones principales

III. Riesgos y problemas asociados

IV. Un problema estructural en España

V. Recursos terapéuticos para reducir el uso de benzodiacepinas

Adicciones

Alcoholismo funcional

Rasgos psicológicos en el alcoholismo funcional

Malestar emocional: consumo para soportarlo

Reorganización y compensación en torno al consumo

Normalización del consumo

Riesgos del alcoholismo funcional

Abordaje psicológico del alcoholismo

Adicciones

Cannabis: síndrome y síntomas de abstinencia

El síndrome de abstinencia del cannabis es un fenómeno real que puede afectar tanto a nivel físico como psicológico. Aunque los síntomas suelen ser leves o moderados, pueden ser un obstáculo significativo para quienes intentan dejar el consumo

Consumo Dual: Cannabis y tabaco

Cannabis: síndrome y síntomas de abstinencia

El síndrome de abstinencia del cannabis: ¿qué es?

Síntomas más comunes

La duración de los síntomas

¿Por qué ocurren estos síntomas?

Factores que influyen en la abstinencia

Aquellos que consumen cannabis de manera diaria o casi diaria, especialmente variedades con alto contenido de THC, tienen más probabilidades de experimentar síntomas severos

Cómo manejar los síntomas de abstinencia

Adicciones

Un laberinto sin espejos: El estadio precontemplativo

El estadio precontemplativo es una fase crucial en el proceso de cambio, caracterizada por la falta de intención de modificar conductas en un futuro inmediato. Las personas en esta etapa no perciben su comportamiento ni el consumo de sustancias como problemático o no reconocen plenamente la necesidad de cambio

El Estadio Precontemplativo: primer paso en el proceso de cambio

Éxitos y logros personales y profesionales: funcionalidad sin bienestar

Relaciones sociales, entorno y afectividad: profunda soledad

La recuperación no funciona por encargo ni por amenazas

Salud física y mental: nidos de abandono

Límites en la concienciación del problema

Ansiedad y miedo al cambio: barreras invisibles

Un enfoque integral para avanzar

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Diagnóstico de patología dual

Un diagnóstico de trastorno de personalidad límite (TLP) y una adicción a las benzodiazepinas pueden dar origen a una «patología dual». Pero ¿qué es una patología dual? ¿Qué implica? ¿Para qué sirve este diagnóstico? ¿Qué tratamiento recibe?

¿Qué significa tener un diagnóstico de «patología dual»? 

Recibir un diagnóstico de patología dual significa que convives con un consumo patológico de «drogas» -sustancias psicoactivas- y un diagnóstico de trastorno mental. No es una situación excepcional, ten en cuenta, por ejemplo, que los estudios indican que el 90% de los dependientes de opioides -heroína, morfina, etc.- tienen un diagnóstico en salud mental.  

En psicología se habla de comorbilidad porque ambas -consumo y trastorno- conviven e interactúan. Esto puede representar que en la patología dual hay riesgos mayores de que el trastorno mental se cronifique, sus facetas se aceleren o aumente la intención suicida.  

Identificar una patología dual puede ser una tarea compleja porque algunos síntomas propios del consumo pueden incidir o coincidir con los que caracterizan a un trastorno. Muchas veces resulta difícil discernir qué síntomas se pueden vincular a un abuso de sustancias y cuales guardan relación con un trastorno.  

¿Para qué me sirve tener este diagnóstico?

El diagnóstico es una etiqueta informativa y una de las formas mediante las cuales la comunidad profesional identifica el conjunto de síntomas y le adscriben unas necesidades clínicas. Gracias a tu diagnóstico, distintos profesionales podrán hacer una aproximación terapéutica particular. 

Un diagnóstico puede cambiar en el tiempo. Además, como evoluciones de aquí en adelante y el pronóstico que tengas dependerá, no únicamente del trastorno con el que convives sino muchas variables, algunas personales, otras del entorno y otras sociales. Tener un «mal pronóstico de evolución» suele referirse a que ahora mismo no tienes una buena vinculación con los objetivos terapéuticos. Conocerlos, entenderlos, negociarlos e interiorizarlos puede revertir esa situación.  

Ahora que tienes un diagnóstico de patología dual, date tiempo para hacerte la idea y asimilarlo. Tener un trastorno mental no es igual a estar loca/o. No es una condena, sino algo sobre lo que puedes incidir favorablemente, trabajando en ello. Pero, sobre todo, no te «enamores» de una etiqueta diagnóstica, eres mucho más que un trastorno. 

¿Cómo es el tratamiento de las patologías duales? 

Lógicamente, el tratamiento de una patología dual es específico y combinado. Ello plantea un reto porque no siempre existen recursos que puedan integrarlas. Es decir, puede haber grupos para consumidores de cocaína que no tengan dinámicas específicas para un perfil antisocial. Lamentablemente, muchos casos de patología dual descubrirán que las redes asistenciales existentes son excluyentes: no los atienden porque sus dinámicas no están destinadas para ellos.  

No te «enamores» de una etiqueta diagnóstica, eres mucho más que un trastorno

Los objetivos terapéuticos de los que hablamos anteriormente pueden marcar un camino en el cual suele ser importante tener un vínculo terapéutico estable. Esto significa que a lo largo del tiempo seas capaz de mantener un compromiso con la psicoterapia personal, familiar y con tu grupo terapéutico. 

Cuando existe también un tratamiento farmacológico, también es importante sostener un compromiso con el tratamiento en el tiempo y tener orden y continuidad, siguiendo las recomendaciones que te han dado. Esta disciplina puede ser una de las mayores dificultades que encuentres, porque no te garantiza un éxito fácil ni rápido, ni tampoco evita las recaídas. Las recaídas son parte de rehabilitación    

Generalmente los estudios farmacológicos que se realizan con miras al tratamiento de un trastorno excluyen a los consumidores de sustancias psicoactivas. Por ende, cuando son utilizados en patologías duales pueden darse pueden interacciones y problemas de tolerabilidad inesperados. 

La importancia de poder contar con un tratamiento integrado de profesionales es clave para el éxito del tratamiento y la posterior inserción sociolaboral. Contar y confiar en ellos puede hacer el camino más llevadero.  

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Ludopatía o juego patológico

El confinamiento ha facilitado el incremento de jugadores patológicos asociados a una mayor conexión de los usuarios a Internet a través de dispositivos fijos o móviles. Las apuestas en línea, de fácil acceso, se venden como soluciones inmediatas de bajo coste, aún cuando distan mucho de serlo

A lo largo del 2020 ha habido un incremento del 12% de quienes, por motus propio, se han inscrito en el Registro General de Interdicciones de Acceso al Juego (RGIAJ) de España. El RGIAJ consta de 56.000 registrados a los que se restringe su participación en las páginas webs de apuestas. El dato nos sirve como índice delator de una situación alarmante: durante pandemia el juego patológico en línea se ha extendido sobre el tejido social.

Psicología y juego patológico

La ludopatía o juego patológico se caracteriza por participar en el juego y/o las apuestas de manera constante independientemente de las consecuencias negativas que acarrea. Estas consecuencias se expanden paulatinamente en la vida laboral, académica, económica y emocional de los jugadores. Por ende, podemos afirmar que la vivencia de la ludopatía tiene un enorme impacto psicológico sobre la persona que la padece y su entorno más próximo.

Los ludópatas no ven la pérdida garantizada que significa a apostar ni tampoco consideran la posibilidad estadística de ganar. Por el contrario, suelen creer en rachas, golpes de suerte, números calientes, cábalas y supersticiones.

La centralidad del juego en la vida del ludópata organiza todos los aspectos de su vida

La centralidad del juego en la vida del ludópata organiza todos los aspectos de su vida, y genera dependencia psicológica. En efecto, el jugador patológico consume mucho tiempo pensando y planeando sus apuestas, invierte esfuerzos y recursos materiales en ella y encuentra poco atractivo en aquello que no sea el juego.

Si no puede jugar/apostar, es probable que el ludópata entre en crisis, su humor puede volverse cambiante, apático o irritable. Es frecuente que tenga dificultades para dormir, comer o relacionarse con normalidad. Y, sin embargo, uno de los grandes escollos que impiden intervenir psicológicamente en estos usuarios, es la escasa consciencia de que tienen de su problemática.

Escondiendo la vergüenza

Existen distintos niveles de gravedad de este trastorno, pero en todos ellos la convención señala que el comportamiento descontrolado se ha de perpetuar durante un mínimo de un año para poder hablar de ludopatía. Durante ese año, la necesidad de jugar habrá vencido cada intento de encauzar la situación y controlar el propio comportamiento.

Cuando todos los intentos de reducir y abandonar la conducta ludópata son estériles, la vergüenza los sumerge en conductas evitativas: mienten, ocultan, niegan y encubren lo que les está ocurriendo.

Para conseguir mantener su ritmo de apuestas, los jugadores patológicos tienden a desarrollar estrategias que pueden ser muy elaboradas. El secretismo mediante el cual esconden su situación desesperada, a veces durante años, les impide solicitar ayuda y los aisla.

La dinámica de jugar para recuperar las pérdidas

Ser jugador patológico implica perder el control sobre la acción de jugar/apostar, lo cual suele generar un endeudamiento posterior.

Las deudas son la cara B de la apuesta ludópata. El riesgo económico potencial que implica ser jugador compulsivo puede desatar una vorágine en la que se consuman los recursos disponibles personales y del entorno cercano. Nos referimos a los préstamos informales concedidos por terceros o a la venta de objetos de valor propios y ajenos mediante la cual recaban los fondos para concretar la apuesta.

La dinámica de jugar/apostar para recuperar las pérdidas se materializa en la búsqueda de la revancha. Contra toda probabilidad y con independencia de la evidencia pasada, un jugador patológico mantiene la creencia de que el juego mismo que le empobreció, le permitirá recuperar lo perdido.

El funcionamiento de la psicología del jugador patológico a veces resulta difícil de entender. Especialmente cuando todos podemos llegar a comprender que las apuestas generan deudas en muchas más ocasiones que generan riquezas. Sin embargo, el ludópata niega esa evidencia gracias al mantenimiento de un pensamiento mágico que le permite creer que un golpe de suerte le aportará la salvación inmediata.

Naturalmente, nos impacta mucho más la imagen de los ganadores del “gordo” descorchando champán, que los 15 millones de billetes que no lo ganaron. Pero el pensamiento mágico que sostiene la ludopatía tiene una estructura que sobrevive a toda catástrofe económica.

Solo cuando tomamos consciencia de las consecuencias e implicaciones que este trastorno psicológico tiene en la vida de quienes lo padecen, entendemos íntegramente el infierno al que puede someternos la ludopatía.

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Adictos al sexo

¿Existe la adicción al sexo? ¿Qué indicadores señalan que la búsqueda de placer sexual se ha vuelto un problema?

En los momentos de mayor angustia, depresión, ansiedad o monotonía, no es extraño que el sexo se presente como un recurso para experimentar placer. Sin embargo, cuando esta búsqueda se torna compulsiva y afecta otras áreas de la vida, es necesario analizar si estamos ante un problema vinculado al control de impulsos y no a una supuesta «adicción al sexo».

La idea de «adicción» al sexo carece de consenso científico y, en muchas ocasiones, responde a evaluaciones morales más que a criterios psicológicos. Términos como «conductas promiscuas», «pensamientos obsesivos» o «vicios inconfesables» refuerzan estigmas sociales y no ayudan a comprender la realidad emocional y psicológica de quienes atraviesan esta situación.

Evaluar la frecuencia y la intensidad sexual: un terreno complejo

La «adicción» al sexo no es cuestión de números. Introducir un análisis objetivo de frecuencia e intensidad sexual es adentrarse en un terreno pantanoso. En primer lugar, porque estas evaluaciones se realizan sobre anotaciones subjetivas dependientes del propio sujeto. Pero, sobre todo, porque evaluar estas mediciones en el marco de la terapia psicológica posiciona al terapeuta en el rol inadecuado y contraproducente de juez moral.

No se puede medir la salud sexual a través de la cantidad de parejas sexuales o la frecuencia del deseo. El bienestar sexual depende de factores subjetivos y del contexto emocional de cada persona. Además, intentar categorizar las «conductas de riesgo» es problemático, ya que incluso con métodos de protección como el preservativo, el riesgo de infecciones de transmisión sexual (ITS) nunca es nulo. Por lo tanto, tampoco podemos introducir valores estadísticos para advertir la cantidad de riesgo que implican las prácticas sexuales. La casuística nos indica que es posible haber tenido prácticas sexuales de «alto riesgo» y no haber padecido ITS, como haberlas desarrollado realizando prácticas de «bajo riesgo».

Por ello, nunca podemos culpabilizar a un alguien con un diagnóstico positivo, ni vincular su comportamiento a las consecuencias negativas del sexo, toda interacción sexual nos expone potencialmente a una ITS.  

Centralidad del sexo y control de impulsos

Cuando el sexo se convierte en la principal fuente de placer, la persona puede experimentar desinterés por otras actividades, afectando sus relaciones sociales y su bienestar emocional. La búsqueda constante de encuentros sexuales puede generar ansiedad, frustración y una sensación de vacío si no se alcanza la satisfacción esperada. Esto está relacionado con dificultades en el control de impulsos, más que con una supuesta «adicción».

La centralidad del sexo en la vida puede repercutir negativamente en la capacidad de disfrute de otras áreas de la vida. Ello limitaría las posibilidades y las iniciativas hacia otras fuentes de placer.

El otro ítem a considerar es el control de impulsos, que incluye los períodos de búsqueda activa seguidos de episodios de irritabilidad, apatía y tristeza, sentimientos de malestar provocados por la ausencia de sexo. Ante tentativas infructuosas, la sensación de frustración y excitación puede desestabilizarnos emocionalmente e incidir negativamente en el comportamiento con el entorno.

Satisfacción y saciedad

Un último elemento clave a analizar es el nivel de satisfacción tras una experiencia sexual. Si el orgasmo proporciona una sensación de plenitud y calma, la búsqueda de sexo cesa temporalmente. Sin embargo, si la persona experimenta insatisfacción o anorgasmia, es posible que reinicie la búsqueda compulsiva de placer. En estos casos, también es importante considerar factores como el consumo de sustancias que pueden influir en la experiencia sexual.

Cuando la búsqueda de placer sexual acarrea principalmente insatisfacción postcoital o anorgasmia, entonces estamos ante una situación ante la que vale la pena pedir ayuda. Antes de aceptar o brindar etiquetas diagnósticas -como «adicción al sexo» -, asegurémonos de conocer en profundidad el sentir, actuar y pensar que motivan la búsqueda de sexo, así como la realidad en la que se encuentra cada individuo.

Una visión más integral y libre de juicios

En lugar de etiquetar a quienes buscan placer sexual como «adictos», es necesario comprender el trasfondo emocional, las experiencias previas y el contexto social que influye en su comportamiento. Factores como la educación sexual, los traumas pasados o las dinámicas de género y orientación sexual también juegan un papel clave en la forma en que una persona se relaciona con el sexo.

Pedir ayuda profesional no implica recibir un diagnóstico que vivamos con vergüenza, sino explorar herramientas para mejorar el bienestar emocional y la calidad de vida, integrando la sexualidad de manera sana y equilibrada.

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Claves de la rehabilitación

Tras diferenciar el modelo de reducción de riesgos de otros enfoques teóricos de la adicción, es momento de concretar seis claves que pueden ayudarte a reflexionar sobre los componentes de tu proceso de rehabilitación. Es un viaje interno que requiere preparación y honestidad contigo mismo.

Un tratamiento para cada estadio

No todas las personas que consumen están en condiciones de iniciar un proceso de rehabilitación. Por eso existen distintos tipos de intervención según el momento vital y la relación actual con la sustancia. Forzar un cambio para el que aún no estás preparado puede generar resistencia y bloquear el avance. La clave es trazar un camino que respete tus tiempos, tu historia y tu situación concreta.

Reconociendo al entorno adicto del entono sano

El consumo no ocurre en el vacío: crea un entorno social que lo sostiene. Antes de iniciar el viaje conviene observar quién te rodea. Las personas sobrias pueden convertirse en un apoyo real, mientras que otros consumidores —pareja, familiares, amistades, conocidos o vendedores— pueden actuar como factores que mantienen el consumo. Inclinar la balanza hacia el entorno sobrio ayuda a desestabilizar la dinámica adictiva y abre espacio para el cambio.

Motivación para el cambio

La motivación impulsa el proceso, pero no es un recurso inagotable. Necesita ser cuidada y alimentada. Celebrar cada avance, por pequeño que sea, ayuda a sostenerla. También conviene anticipar los momentos de bajón y prepararse para ellos. Mantener viva la motivación es un trabajo personal que requiere constancia y atención.

Nuevos hábitos y conductas

El objetivo es tal sólo cuando lo abrazas y lo sostienes tú

Rehabilitarse implica construir hábitos que sustituyan al consumo y sostenerlos en el tiempo. Incluso cuando se alcanza la autosuficiencia, puede aparecer una crisis en forma de duelo: el placer asociado al consumo desaparece y, con él, puede surgir un sentimiento de vacío. Aprender a convivir con ese vacío es un desafío, pero también una oportunidad para encontrar un nuevo equilibrio emocional. Una vida distinta exige una forma distinta de habitarla.

Volver a andar tras cada recaída

Las recaídas forman parte del proceso, igual que las caídas forman parte del aprendizaje al caminar. Puede haber recaídas puntuales o más prolongadas, pero incluso las breves pueden generar un sentimiento de fracaso que retrase el retorno al cambio. Como escribió Almafuerte: “Si te postran diez veces, te levantas, otras diez, otras cien, otras quinientas…”. La recaída no invalida el camino; solo lo interrumpe temporalmente.

La meta es la mayor autonomía e independencia

El objetivo final es que alcances una mayor autonomía y puedas liberarte de la dependencia o la adicción. Pero ese objetivo debe construirse a partir de tu situación inicial, tus ritmos y tus capacidades. No existen metas universales: solo las que tú definas, solo o con tu terapeuta. Un objetivo solo es real cuando lo haces tuyo y puedes sostenerlo.

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Modelos teóricos de la adicción

¿Dejar de consumir definitivamente o modificar qué, cuánto y cómo se consume? Los objetivos terapéuticos que planteamos los psicólogos no son arbitrarios: responden a modelos teóricos que, en muchos casos, se desconocen porque rara vez se explican de forma explícita

Modelo Minnesota

El modelo Minnesota, también llamado de forma peyorativa “modelo de la iluminación”, sirve de base a los grupos de 12 pasos como Alcohólicos Anónimos y Narcóticos Anónimos. Considera la adicción como una enfermedad y sitúa la intervención de un “poder superior” como elemento central del proceso de rehabilitación, por lo que las referencias morales y espirituales son habituales. Su objetivo es la abstinencia total y rechaza la farmacoterapia como apoyo paralelo. El cambio terapéutico se entiende como la adopción de un conjunto de creencias, actitudes y conductas.

Es un modelo intensivo, de duración breve y generalmente ambulatorio, pero sostiene que la persona conserva para siempre la condición de “adicto”, esté recuperado o no. Por ello, la necesidad de control externo se mantiene en el tiempo. El programa es estandarizado y parte de la premisa de que el individuo no puede mantener el control por sí mismo. Las personas recuperadas actúan como consejeros expertos dentro del propio programa.

Modelo biomédico tradicional

El modelo biomédico tradicional entiende la dependencia como una enfermedad crónica y cíclica. Sin un tratamiento eficaz, tiende a perpetuarse debido a una vulnerabilidad biológica que empuja a la pérdida de control. Desde esta perspectiva, no existe curación ni posibilidad real de autocontrol, y las recaídas se interpretan como confirmación de esta visión.

El objetivo terapéutico es siempre la abstinencia. Este modelo sustenta tanto las campañas políticas antidrogas como las intervenciones farmacológicas. La crítica señala que el consumidor queda representado como un “enajenado mental”, desprovisto de juicio y responsabilidad, y moralmente culpable de su propia enfermedad.

Modelo de reducción de riesgos

El modelo de reducción de riesgos suele arrastrar el prejuicio de que cualquier disminución del consumo es, por sí misma, un éxito terapéutico. Sin embargo, esta visión es incompleta. La reducción de riesgos no solo modifica objetivos y estrategias, sino que propone una nueva forma de organizar la propia vida, lo que implica cambios en prioridades, discursos, creencias y actitudes.

No hay un modelo incorrecto ni inútil, pero alguno será más apropiado para tu caso

Los objetivos se adaptan a cada caso y son flexibles: no necesariamente buscan la abstinencia. La búsqueda de alternativas sin abandonar el consumo ha permitido avances importantes, como los tratamientos sustitutivos con metadona o los programas específicos de reducción de daños. Entre ellos destaca el programa PIX de intercambio de jeringuillas, orientado a disminuir las infecciones de transmisión sexual asociadas al consumo.

La reducción de riesgos procura minimizar las consecuencias negativas del consumo y promover un uso más seguro. Su enfoque ético y pragmático no persigue la abstinencia —aunque la contempla como opción válida—, sino que reconoce el derecho de la persona a disponer de medios para reducir el daño asociado a su consumo y el deber de las instituciones de proporcionarlos.

Este modelo se traduce en propuestas concretas: campañas informativas, provisión de materiales, talleres de prevención y evaluación de riesgos, entre otras intervenciones. Es, además, la opción estatal más económica y coherente con el marco neoliberal actual. No se posiciona sobre el impacto comunitario de la adicción, sino que defiende el derecho a consumir drogas y entiende el consumo como una práctica inevitable.

Las diferencias entre los psicólogos próximos al enfoque biomédico y los que trabajan desde la reducción de riesgos generan suspicacias y prácticas muy distintas. No existe un modelo incorrecto o inútil: cada uno responde a una forma de entender la adicción y será más o menos adecuado según la situación de cada persona.