Categoría: Familia

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Consecuencias psicológicas del aborto temprano involuntario

Cómo se vive un aborto espontáneo temprano si miramos no solo el cuerpo, sino también el lenguaje, el vínculo y el contexto. Cómo nombramos el embarazo y cómo ese gesto configura, en parte, la forma de atravesar la pérdida. Las distintas trayectorias emocionales -duelo, culpa, aislamiento, ansiedad ante nuevas gestaciones- y en la huella que dejan los diferentes manejos clínicos. Conozcamos la dinámica de pareja y los ritmos desacompasados del duelo asincrónico. El objetivo es abrir un espacio de comprensión donde lo biológicamente frecuente no borre lo subjetivamente singular, y donde el acompañamiento integre lo físico, lo emocional y lo psicológico en un marco biopsicosocial

I. Psicología del discurso: De “estoy embarazada” a “voy a ser mamá”

II. Consecuencias psicológicas del aborto espontáneo en las primeras semanas

III. Vivencia psicológica del misoprostol y la expulsión natural

IV. Vivencia psicológica del legrado por aspiración

V. Duelo asincrónico

VI. Factores de mal pronóstico psicológico

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Cuando los padres envejecen: cómo afecta a los hijos

I. Impacto emocional: el duelo anticipado

II. Repercusiones psicológicas en los hijos adultos

III. Dinámica familiar y reorganización de roles

IV. Dimensión social y desigualdades de género

V. Consecuencias económicas del cuidado

VI. Claves para un afrontamiento psicológico saludable

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¿Por qué mi hijo pequeño me pega?

Ser golpeado por un hijo -o hija, indistintamente- en sus primeros años de vida es una experiencia desconcertante y dolorosa para los padres. Hiere físicamente y desarma emocionalmente: muchos adultos sienten vergüenza, rabia, culpa o miedo al juicio ajeno, como si el golpe revelara un fracaso en su función parental. Sin embargo, la agresión infantil no puede reducirse a un “problema de conducta” ni a una supuesta falta de límites. Es un fenómeno complejo que involucra al niño, al vínculo y al contexto. Comprenderlo exige una mirada más amplia, capaz de reconocer tanto el sufrimiento del menor como el del adulto que lo acompaña, sin culpas ni simplificaciones

Una mirada clínica desde diferentes perspectivas

Una lectura psicodinámica y relacional

La perspectiva neurobiológica

La dimensión social y cultural

La vivencia de que un hijo te golpee: vergüenza, rabia, dolor, violencia

Opciones terapéuticas: acompañar al niño sin olvidar al adulto

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Nuevas parejas con hijos adultos

La crianza no termina cuando los hijos alcanzan la adultez; simplemente se transforma. Las parejas que forman una familia con hijos adultos de relaciones anteriores pueden encontrar que la competencia por la atención, los debates sobre recursos para los hijos y las discusiones sobre decisiones importantes son fuentes comunes de tensión. Aunque estas fricciones son habituales, requieren un manejo consciente y cuidadoso, ya que impactan no solo en la pareja, sino en toda la familia

Raíces de las dificultades e impacto en la familia

Ver a la familia como un todo interconectado permite interpretar los conflictos no como fallos individuales, sino como problemas que afectan y requieren el compromiso de todos

Cómo abordar el problema

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Aislamiento juvenil: todo el día encerrado en casa

Llega el verano y nuestro hijo/a adolescente pasa la mayoría de su tiempo en casa en un aislamiento juvenil inquebrantable. Esta situación puede levantar alarmas sobre el bienestar general del joven. Desde una perspectiva psicológica y profesional, es crucial entender las múltiples dimensiones de este fenómeno, así como sus causas y consecuencias

Etiología, mantenimiento y cronificación del aislamiento social

Abordando el problema y las posibles soluciones

Algunas veces, la ansiedad del adolescente proviene de un mal manejo de los recursos lúdicos y del placer

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La dependencia tecnológica en mis hijos

La Era Digital está generando cambios en el ocio, la salud y la educación, entre otros. Asistimos a una transformación social tras una pantalla, en la que influencers, Apps y dispositivos requieren una respuesta adaptada a cada unidad familiar

Abordando la dependencia tecnológica

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“El nuevo amigo de mi hija tiene esquizofrenia”

«Hoy mi hija me comentó que su nuevo mejor amigo está siendo muy controlado por sus padres. No le dejan salir solo. Indagando en el tema, me confesó que tiene esquizofrenia y se había fugado de su casa en múltiples ocasiones. ¿Qué le digo a mi hija? ¿Qué hago? ¡Estoy en shock!»

Los trastornos mentales forman parte de la realidad del estado de salud de una población, son parte de nuestra comunidad, están entre nosotros y, en algún momento, podemos llegar a padecerlos. Por ello, debemos dejar en claro que haber recibido un diagnóstico mental desfavorable no nos transforma en personas peligrosas para nuestra comunidad. Buena parte de los individuos que tiene un trastorno mental no representa un peligro para los otros ni para sí mismos.

“Los padres de Alberto me explicaron que tiene esquizofrenia”

Claro que teorizar sobre los peligros no es igual a exponerse a ellos y, cuando quienes se exponen son nuestros hijos, se pueden encender todas las alarmas y la percepción de la situación cambia.

Naturalmente el desconocimiento de lo que le ocurre al “nuevo amigo/a” de nuestra/o hija/o nos hace temer por su integridad y su seguridad.

No es una situación fácil, porque si sólo sabemos de este trastorno por lo que nuestra/o hija/o nos cuenta, comunicarse directamente con los padres e interpelarlos sobre la salud mental de sus hijos puede considerarse un acto muy hostil. Por otro lado, prohibirle a nuestros hijos ir con algunas personas, además de ser una opción respetable, puede que no sirva de mucho. O, aún peor, puede incentivarle a buscar esa compañía con más insistencia, especialmente cuando nuestra/o hija/o haya hecho esa elección y sea adolescente.

¿Qué hacer con nuestro miedos?

Comprender es que si el peligro es que nuestra/o hija/o padezca un daño emocional, físico o psicológico por parte de terceros, esa posibilidad existe y puede provenir de una persona que tenga un trastorno o que no lo tenga. Y no necesariamente es más probable que ocurra en manos de una persona que lo padece. Buscar información sobre el trastorno por nuestra cuenta, especialmente cuando la información proviene de fuentes de calidad, puede mitigar nuestros miedos.

Los roles adquiridos

Habitualmente, cuando hablamos de adolescentes, nos referimos a personas que tienen una cierta solvencia en su capacidad de elección. Si lo que nos preocupa es que nuestra/o hija/o haya escogido a esa persona como amigo/a, acompañante o compañera/o, es importante entender que elegir a una persona con un problema de salud mental no implica padecerlo o tener un problema. Una persona muy sana y feliz puede escoger como amigo a alguien que no lo sea.

Más que velar por el comportamiento de la persona que padece un trastorno, es más significativo el comportamiento de nuestra/o hija/o. Sobre todo, conocer el rol que asume en esa relación. Muchas veces los adolescentes interpretan distintos papeles mediante los cuales exploran y experimentan lo que es la salud mental y la enfermedad. Pueden escoger tener un rol de enfermero, de canguro, de consejero o de hermana/o mayor para con el otro.

Lo trascendente es que nuestra/o hija/o no está adquiriendo el rol de esa persona, sino que interpreta otro distinto, uno que la/o complementa quizás. Esa complementariedad generalmente corre en dos vías, mi hija/o está complementando a esa persona y esa persona también está aportando algo válido a mi hija/o.

Situaciones de igualdad y superación

La situación no sólo aporta un conocimiento sobre lo que se puede hacer por el otro, sino sobre las limitaciones que se encuentran al intentarlo en condiciones de igualdad. También ellos pueden encontrar en una persona con un trastorno mental todos aquellos puntos en común que hacen del otro un semejante más allá de su problemática, y aprender la valiosa lección de que todos somos mucho más que un diagnóstico.

Requiere valentía pero puede ser conveniente no aislar a nuestros hijos del amplio abanico de situaciones que tenemos en salud mental, porque nuestros hijos van a insertarse en un mundo donde existe la esquizofrenia, la depresión, los trastornos de ansiedad y de alimentación… El desconocimiento absoluto experimental y testimonial de estas problemáticas no le va a aportar nada, más bien le impedirá desarrollar herramientas que pueden llegar a ser útiles y necesarias para su propia vida.

Que nuestros hijos hayan escogido una persona con un trastorno plantea un reto pero, cuando no representa un peligro para ellos, puede ser una oportunidad de crecimiento.

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Mami, ¡no te vayas!

Madres y padres buscan información sobre el trastorno de ansiedad por separación con la mejor voluntad pero, antes de ponerle un nombre a lo que pasa en casa, les invitamos a recorrer este artículo

«Mami, no te vayas» nos suplica repetidamente en cada estancia de la casa. La culpa y la preocupación nos atacan por igual. «Hace más de un mes que no se lo puede dejar solo, tiene mucho miedo a ser abandonado y llegó a tener pesadillas sobre ello. Ya van dos veces que llora esta semana porque piensa que nos podemos llegar a morir».

¿Tu hijo tiene miedo a perderse, a salir de casa, a que «pase algo»? ¿Le duele la barriga o la cabeza cuando el malestar lo acecha? La mirada del pequeño sobre el borde de la mesa parecía buscar en su mamá la respuesta a cada pregunta.   

Más allá del «qué le pasa»: ¿qué nos pasa?

«¿Qué le ocurre? ¿Es un trastorno de ansiedad por separación? ¿Está mi hijo psicológicamente bien?».

Lo primero que podemos hacer es comprender que no es posible diagnosticar a nuestro propio hijo según la información que vamos encontrando vía Internet.  

Aun cuando reconozcamos todos los ítems que definen un trastorno de ansiedad por separación en nuestro hijo, no nos corresponde a nosotros hacer de psicólogos. Diagnosticar a un/a hijo/a no es parte de nuestro rol como padres, hay especialistas para eso.   

Volvamos a nosotros mismos. ¿Estamos patologizando un comportamiento frecuente en los niños? ¿Cómo estamos llevando nuestra culpa y nuestra preocupación por sus reacciones? ¿Qué respuestas surgen de lo que pensamos? ¿Qué le transmitimos? 

Una buena forma de incidir sobre el malestar que enseñen nuestros hijos es observar nuestra respuesta hacia ellos. Analicemos no sólo su reacción, sino también la nuestra.  

«Mami, no te vayas». A pesar de que cada mañana vivamos esta experiencia incómoda durante semanas, si nuestra/o hija/o sigue teniendo un comportamiento y rendimiento normal en el resto de ámbitos -educativo, lúdico, familiar-, entonces no podemos hablar de trastorno.  

Apego y equilibro entre la accesibilidad y las demandas 

Este trastorno de ansiedad por separación es uno de los trastornos más frecuentemente diagnosticado en menores de 12 años, pero, ¿se justifica que esto sea así?  

Nuestros valores sociales parecen exigirles a los niños una solvencia en el comportamiento que ni aún en los mejores casos de apego seguro podrían ofrecer. No toda ansiedad surgida de una separación de nuestros hijos es un trastorno de ansiedad por separación.  

Si patologizamos cada manifestación emocional exacerbada de nuestros hijos, entonces nos costará mucho poder ser sensibles y accesibles a sus demandas. Y esta accesibilidad es básica para crear un apego sano y una buena vinculación.  

Dentro de un espacio terapéutico guiado, caracterizar el estilo de apego que hemos construido en casa puede sernos de utilidad. La Teoría del Apego de John Bowlby nos puede servir de marco teórico.  

La seguridad emocional se construye día a día, en ese difícil equilibro entre las demandas y necesidades de nuestros hijos y nuestra accesibilidad a las mismas.  

Técnicas de intervención para casos diagnosticados 

Ofrecemos, con fines didácticos, dos pinceladas sobre cómo intervenir en los casos de trastorno de ansiedad por separación en niños.  

Una buena técnica que puede servir de punto de partida es el entrenamiento de padres a través de pautas de intervención. El objetivo es desplegar recursos que permitan a los padres educar rechazando la sobreprotección y fomentando la autonomía personal de los peques. Para esto último, utilizar psicocuentos puede resultar muy didáctico y psicopedagógico. 

Si patologizamos cada manifestación emocional exacerbada de nuestros hijos, entonces nos costará mucho poder ser sensibles y accesibles a sus demandas

La externalización en los niños puede permitirles tener más consciencia de sus vivencias y poder desarrollar estrategias para contrarrestarlas. Se trata de darle entidad al miedo, llamándolo, por ejemplo, «mamitis». El trabajo conjunto con los peques nos permite reconocer qué es lo que nos hace hacer la mamitis y cómo nos impide dormir tranquilos y despedirnos sin asomo de angustia. No enseña cómo podemos pillarla y qué trampas le podemos hacer nosotros. Nuestro objetivo es aprender a convivir mejor con la mamitis.

En definitiva, desarrollar distintas estrategias para afrontar el fenómeno terapéuticamente y pedagógicamente aprendiendo de él. Por más excesivo e inapropiado que encontremos el «Mami, no te vayas» de nuestros hijos, despleguemos los recursos en nosotros mismos y ellos para alcanzar disminuir el malestar generado por la separación.

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Anatomía de una clase virtual de calidad

El acceso de un grupo de alumnos a la virtualidad no representa una cesión de la actividad docente en favor de las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC). Por el contrario, la intervención docente mantiene su función en el proceso interpsicológico con independencia del medio y el contenido

Estudiar frente a la pantalla es un reto tanto para nuestros hijos como para los docentes. La utilización de las TIC como «instrumento psicológico» ha de vencer el consumo superficial, acrítico e irrelevante de la información al que estamos acostumbrados. Para ello es necesario que se produzca un aprendizaje significativo que favorezca la integración de los procesos intermentales e intramentales implicados en el aprendizaje. ¿Qué significa esto?

La participación guiada «en línea» requiere una laboriosa planificación

Inicialmente la comprensión de la experiencia debe provenir necesariamente del docente o tutor que plantea la actividad. Una vez que el proceso intermental aporta información suficiente al alumno, corroboramos que la misma ha sido interpretada e incorporada sin contradicciones. Para que perdure, la interpretación del estudiante no se hace «en el vacío», sino que se conecta a un conocimiento previo. Este punto intramental genera en el alumno un conflicto en estructuras previas y el nuevo orden estructural, un nuevo conocimiento significativo. Esta visión del proceso de aprendizaje a distancia no plantea variaciones respecto al presencial.

Sin embargo, la construcción progresiva de un sistema de significados compartidos ha de tener en cuenta el carácter complejo, problemático y no lineal de la construcción del conocimiento. De ahí la trascendencia de un proceso de participación guiada flexible que busque un fin útil, asequible y constructivo para cada estudiante. La participación guiada «en línea» requiere una laboriosa planificación para ser llevada a cabo con éxito. Esta planificación se ha de hacer siguiendo una secuencia didáctica que se estructura como un guion, de acuerdo a los objetivos planteados. 

El guion pedagógico 

El guion pedagógico estructura la construcción de significados y le otorga sentido a la experiencia, orientándola hacia un objetivo curricular. La «secuencia didáctica» ha de guiar el proceso en interacciones y en una co-construcción de significados que sirvan a los objetivos de la actividad. Si estos quedan claros, la cesión y el traspaso progresivo del control y la responsabilidad en el aprendizaje permitirán un flujo duradero y significativo del conocimiento.  

Para ello, antes, durante y después de la intervención, se han de señalar los objetivos de la actividad y adscribirla a los objetivos curriculares, aportándole dirección y sentido. Las metas concretas presentes de cada actividad no resultarán suficientes si no se integran en un «qué, cuándo, cómo y para qué». Es por ello que la secuencia didáctica debe estar diseñada acorde a los objetivos y al grupo. 

Síntesis grupal y controversia conceptual

Como vemos, el trabajo docente no debe menguar ante la presencia de las TICs. Resulta crucial su implicación para, por medio de sus intervenciones, regular el comportamiento y la construcción del conocimiento de los alumnos. Tutelando el aprendizaje cooperativo y colaborativo entre iguales, las TICs permiten formar grupos pequeños de trabajo para cada actividad, inicialmente autónomos y de control y apoyo mutuo. 

El trabajo en pequeños grupos se plasma, a posteriori, en actividades de síntesis individuales que verbalicen un punto de vista propio y sirvan para constatar el aprendizaje autoregulado alcanzado. Gracias a este resultado, el tutor o profesor detecta y trata de solventar las necesidades individuales o grupales.  

Posteriormente, en el aula, deben volcarse en una revisión conjunta de esquemas con toda la clase, provocando controversias conceptuales que permitan una resolución óptima. De tal forma que, con la puesta en común entre todos, la intersubjetividad de lugar a modificaciones sobre la propia experiencia para así enriquecer y consolidar el conocimiento. La atribución de sentido está relacionada con el nivel de desarrollo alcanzado por el alumno y con la conciencia de sus propias habilidades y competencias. 

Metas y recompensas «virtuales» 

Hay que tener en cuenta que las actividades pondrán a prueba las habilidades y capacidades de los alumnos y que el agobio, el aburrimiento o el desinterés pueden aparecer en cualquier actividad de cualquier índole. Para combatirlos, es necesario cuidar el «motor» de la motivación, plantear las metas y recompensas buscadas e intentar abrazar los distintos estilos atribucionales para que los fallos y fracasos sean percibidos como posibilidades. Especialmente a temprana edad, las recompensas preservan en todo momento el espíritu lúdico de cada actividad.  

Para que las TICs no eclipsen al profesorado, las actividades han de seguir estructurándose a través de unas normas organizativas, participativas y actitudinales dentro de las cuales el dinamismo y la flexibilidad de la actividad no se vean desfavorecidos.  
La situación actual también puede ser útil para el docente, quien puede encontrar en las TICs no ya a un competidor, sino a un aliado que no ensombrece su dominio, sino que lo favorece e ilumina. 

Familia

TDAH: negocio, sobrediagnóstico y responsabilidad

¿Existe el TDAH? ¿Es una patologización de la infancia? ¿Un invento útil para la industria? ¿Se está sobrediagnosticando?

Mencionar que un menor ha sido diagnosticado con Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) suele generar controversia. En 2014, García y González publicaron «Volviendo a la normalidad», obra que trasladó al ámbito hispanohablante una profunda desconfianza: «no existen pruebas clínicas, ni de neuroimagen, ni neurofisiológicas o tests psicológicos que de forma específica sirvan para el diagnóstico» del TDAH, ni «ningún biomarcador que distinga a los niños con TDAH» de los que no lo tienen.

A esto se suma que, en las últimas dos décadas, el TDAH ha recibido mucha más atención, investigación y financiación privada que otros trastornos, lo que alimenta aún más las sospechas. Otro dato relevante es el aumento exponencial de menores medicados por TDAH en comparación con otros diagnósticos. Cada vez son más.

Si consideramos estos tres elementos, surge la pregunta: ¿podría sostenerse que, mediante la “invención” del TDAH, la industria farmacéutica ha creado un mercado, apoyándose en una red de profesionales que se benefician de prescripciones, ayudas y subvenciones?

Respuestas que no cierran el debate

Algunos investigadores han respondido a estas acusaciones recordando que existen otros trastornos sin marcadores específicos cuya existencia no se cuestiona. La falta de biomarcadores no invalida necesariamente un diagnóstico clínico.

Por otro lado, la financiación privada no sólo podría interpretarse como un intento de crear mercado, sino también como un reflejo de la escasa inversión pública en el estudio del TDAH.

El aumento de casos medicados, aunque preocupante, también puede indicar que antes muchos menores no eran detectados ni tratados. Es decir, no es que ahora “haya más casos”, sino que disponemos de más herramientas para identificarlos.

Aun así, es probable que exista sobrediagnóstico. La comunidad médica no es impermeable a las modas, y la historia de la psiquiatría está llena de conceptos que nacen, se consolidan y, a veces, desaparecen. Un ejemplo emblemático es la histeria, un concepto clínico complejo que cayó en desuso y cuya significación actual es muy distinta; algunos sostienen que ciertos cuadros hoy diagnosticados como fibromialgia podrían ocupar parte de ese espacio conceptual.

Objetivos claros: beneficio y preservación la infancia

La comunidad profesional y las familias que conviven con este trastorno deben preguntarse hasta qué punto están patologizando procesos normales del desarrollo infantil y adolescente. Sembrar la duda es saludable: no implica negar la existencia del TDAH, sino analizar caso por caso las implicaciones del diagnóstico y valorar las opciones terapéuticas antes de recurrir a los fármacos.

Es un compromiso necesario, al igual que lo es desarrollar herramientas específicas y fiables para evaluar el trastorno y evitar generalizaciones diagnósticas.

El objetivo debe ser aliviar el sufrimiento que el TDAH puede generar en la vida del menor y su entorno, no lograr que los niños estén tranquilos, centrados o emocionalmente estables a toda costa.

El objetivo debe ser aliviar el sufrimiento que el TDAH puede generar, no lograr que los niños estén tranquilos, centrados o emocionalmente estables a toda costa

Probablemente existan muchos casos etiquetados como TDAH que no deberían serlo, y muchos de ellos recibirán tratamientos farmacológicos injustificados. Sin embargo, esto se relaciona más con la mala praxis que con la validez del diagnóstico en sí.

Actuar con cautela y responsabilidad es imprescindible: siempre en beneficio del menor y procurando minimizar los efectos indeseables de nuestras intervenciones. Esto implica detenerse a reflexionar antes de etiquetar, intervenir o medicar, y considerar con seriedad el impacto que cada decisión puede tener en su desarrollo emocional, social y académico. También exige tomarse el tiempo necesario para que el diagnóstico pueda ser realmente comprendido, integrado y contextualizado por el menor, la familia y los profesionales implicados. Un diagnóstico apresurado no solo puede ser impreciso, sino que puede generar confusión, ansiedad o expectativas erróneas sobre lo que el niño “es” o “debería ser”. La prudencia profesional no consiste en evitar actuar, sino en hacerlo con criterio, sensibilidad y respeto por la singularidad de cada menor. Solo así es posible garantizar que nuestras acciones acompañen su crecimiento en lugar de condicionarlo innecesariamente.


Respetemos y preservemos la infancia y la adolescencia.

TDAH en adultos

En la adultez, el TDAH también puede generar un impacto significativo. Muchas personas que no fueron diagnosticadas en la infancia llegan a la vida adulta con una sensación persistente de desorganización, dificultades para sostener la atención, impulsividad en la toma de decisiones o problemas para gestionar el tiempo y las responsabilidades. Esto puede afectar su rendimiento laboral, sus relaciones afectivas y su autoestima, especialmente cuando interpretan estos desafíos como fallos personales en lugar de manifestaciones de un trastorno neuropsicológico. La falta de diagnóstico temprano puede llevar a años de frustración, incomprensión y estrategias de afrontamiento poco saludables que, con el tiempo, se vuelven difíciles de desarraigar.

Además, el TDAH en adultos suele coexistir con otros problemas como ansiedad, depresión o dificultades emocionales derivadas de una trayectoria vital marcada por la sensación de “no encajar” o “no llegar a tiempo”. Por eso, reconocer el trastorno en esta etapa no implica patologizar la personalidad, sino ofrecer herramientas para mejorar la calidad de vida. El desafío consiste en encontrar un equilibrio: evitar tanto la negación del TDAH en adultos —que puede perpetuar el sufrimiento— como su uso indiscriminado como explicación universal de cualquier malestar. En ambos casos, el objetivo sigue siendo el mismo: comprender mejor la experiencia de cada persona y acompañarla con intervenciones responsables, respetuosas y ajustadas a su realidad.