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Los tics en nuestros hijos

¡¿Puedes parar ya?!” Convivir con los tics de nuestros hijos plantea un reto para nuestra comprensión y nuestra paciencia. Pero ¿qué son los tics? y, sobre todo, ¿pueden eliminarse?

Los tics son movimientos breves, estereotipados e involuntarios que se repiten de manera constante pero arrítmica a lo largo del día. Ese carraspeo constrante, o un bufido a través del cual expulsa aire sonoramente o un parpadeo fuerte y notorio.

Como padres podemos aportar pistas del origen y la evolución de los tics de nuestros hijos. ¿Están disminuyendo? ¿Han aumentado luego de un suceso particular?

El número, la frecuencia, la complejidad y la intensidad de los tics o hábitos nerviosos nos permitirá dimensionar el fenómeno. Aunque hay escalas específicas de severidad de los tics adaptadas a nuestra lengua, muchas veces una entrevista con los padres aporta una informacióm mucho más rica y contextualizada.

¿Por qué le ocurre esto?

Acosar o penalizar a tus hijos cada vez que aparezca el tic, es una estrategia coercitiva inútil y escasamente empática

A la hora de buscar una hipótesis explicativa puede resultar importante comprobar el posicionamiento de los padres y la familia al respecto. Todo cuerpo humano tiende a buscar un equilibro interno. Es un equilibrio que trabajamos diariamente, hay días buenos y días en los cuales la meta se aleja más allá de lo alcanzable. Algo similar ocurre con las etapas de crecimiento de nuestros hijos. Existen segmentos prósperos, de relatvo sosiego y momentos los cuales pareciera que los sistemas están a punto de colapsar. Esto no significa que los tics deban ser considerados síntomas de desequilibro, sino más bien que nuestras pretensiones de perfección están lejos de la realidad psicorgánica de nuestros hijos.

Por eso lo primero que rescatamos es la temporalidad del síntoma. Muchos tics desaparecen con el paso del tiempo. Aún cuando pasen años antes de que desaparezca el tic, su trascendencia puede ser relativa, especialmente cuando, como ocurre en la mayoría de casos, mantener un tic no invalida el normal desarrollo del menor.

Aún así, cuando nos planteamos los objetivos terapéuticos frente a los tics, buscamos alcanzar una disminución considerable de episodios totales, pero no su supresión absoluta.

¿Cómo tratar los tics?

Acosar o penalizar a tus hijos cada vez que aparezca el tic, es una estrategia coercitiva inútil y escasamente empática. Uno de los tratamientos terapéuticos de tics y hábitos nerviosos que evidenciaron más efectividad se apoya en tres pilares: entrenamiento en autorregistro, inversión del hábito y relajación.

El procedimiento de inversión del hábito es especialmente apropiado porque trabaja con la toma de consciencia, la motivación, e incluye una tercera fase de exposición pública de la mejoría.

Mientras que el entrenamiento en autorregistro, le permite a los niños a partir de los 9 años tomar consciencia de la frecuencia del hábito, los antecedentes de cada ocasión y sus consecuencias. Con esa información podremos Identificar sensaciones y situaciones precedentes a la aparición de tics.

Mediante las estrategias de respuestas competitivas y la relajación aprenden a invertir el hábito. Cada caso exige su propio diseño. Así, por ejemplo, establecemos una reacción incompatible para cuando frunce el ceño como puede ser levantar las cejas y una pauta de respiración bucal para cuando hace un ruidito con la nariz al respirar.

Al acabar la sesión incorporamos técnicas de relajación acompañadas de una respiración profunda o ventral.

Los resultados pueden demorarse en aparecer, pero es importante que el proceso esté diseñado y supervisado por un psicólogo.

No hay un episodio ni una persona a culpabilizar porque nuestros hijos tienen tics. Muchos otros peques, en circunstancias iguales, no los hubieran desarrollado. Desdramatizar su existencia y aceptarlos es otra de forma de tratarlos.

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Los niños que no querían crecer

Las resistencias a crecer muchas veces se relacionan con la imagen de le aportamos a nuestros hijos de la propia niñez y del mundo adulto

La pubertad nos indica que la niñez termina, sin embargo, el final es gradual e implica enormes cambios psicológicos y físicos. Más allá de lo visible, la identidad del niño cambia y ya no quiere ser considerado como tal.

Las identidades personales son esas máscaras con las que cubrimos la heterogénea complejidad que somos.

El inconveniente surge cuando la máscara resulta sofocante y dificulta sencillamente ser.

Tendemos a considerar la niñez como un momento de inocencia, de pureza; mientras que la adolescencia es un momento de marcadas carencias. En realidad, ambas visiones carecen de fundamento y pueden sofocar al desarrollo de nuestros hijos.

Desde que Freud vinculara niñez a sexualidad, ha quedado muy en claro que esa visión angelical, inmaculada y pura de los niños carecía de fundamento. Las distintas etapas del bebé y del niño cimientan las bases de lo que es el adulto, inclusive sexualmente hablando.

Por ello, mantener una visión inflexible y estereotipada de cómo debe ser cada etapa puede tener consecuencias negativas. Los mitos que sostenemos sobre la niñez y la adolescencia, cuando impuestos, generan una respuesta en nuestros hijos y ellos, muchas veces, se esfuerzan por cumplir nuestras expectativas.

El desarrollo de todo aquello que no puede caber en la interpretación, entonces, se hace a escondidas, incluida la sexualidad.

A medida que avanzan en edad, si el sistema familiar continúa exigiendo una interpretación, la adolescencia será el momento de la rebelión y el adulto que hay en ellos los impulsará a acabar con la farsa. Este será, en el mejor de los casos, un escenario que delate el fin de la niñez.

Condenado a ser el bebé de la casa

Pero, ¿qué pasa cuando hijos coinciden con el mandato familiar y no quieren dejar de ser niños?

Señalarles también los pros de ser adultos y motivarlos a alcanzar, cada vez, más autonomía

Muchos ejemplos señalan estas actitudes, a veces nos topamos con niños que no caben en los carritos de bebés por su enorme tamaño o con otros que, aún comenzando la primaria, reciben lactancia materna. Esas actitudes en sí pueden ser circunstanciales o síntomatícas de un cuadro más complejo: tú no quieres que crezca y tu niña/o no quiere crecer. Pero ¿qué significa crecer?

Muchos padres trasmiten a sus hijos de forma constante que, cuando sean adultos, tendrán que sobrevivir solos y enfrentarse a duras responsabilidades sin tregua. Una visión amenazante de lo que es ser adulto puede coincidir -e ir mano a mano- con una visión idílica de lo que es ser niño.

Cuando llegan a ser adolescentes, estos pueden ser los hijos que no quieren crecer, que exigen estar siempre acompañados y que tienen dificultades para vincularse sólidamente fuera del marco familiar. Dan mil y un indicios de que el paso inexorable del tiempo va a representar enormes dificultades. Esto es así porque las murallas de contención del “bebé de la casa” no resistirán al paso del tiempo, están destinadas a caer. Ese punto de partida invalida enormemente el comienzo de la adultez.

Como padres, conviene cuidar qué visión de niñez y de adolescencia estamos instaurando en nuestro hogar, procurando que nuestros hijos siempre tengan espacio para ser en tiempo presente y para crecer. Aún cuando sepamos que el mundo adulto es difícil, señalarles también los pros de formar parte de él y motivarlos a alcanzar, cada vez, más autonomía.

El mundo es un lugar mucho más duro cuando crees ser un angelito o una princesa incapaz de sobrevivir sola.