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TDAH: negocio, sobrediagnóstico y responsabilidad

¿Existe el TDAH? ¿Es una patologización de la infancia? ¿Un invento útil para la industria? ¿Se está sobrediagnosticando?

Mencionar que un menor ha sido diagnosticado con Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) suele generar controversia. En 2014, García y González publicaron «Volviendo a la normalidad», obra que trasladó al ámbito hispanohablante una profunda desconfianza: «no existen pruebas clínicas, ni de neuroimagen, ni neurofisiológicas o tests psicológicos que de forma específica sirvan para el diagnóstico» del TDAH, ni «ningún biomarcador que distinga a los niños con TDAH» de los que no lo tienen.

A esto se suma que, en las últimas dos décadas, el TDAH ha recibido mucha más atención, investigación y financiación privada que otros trastornos, lo que alimenta aún más las sospechas. Otro dato relevante es el aumento exponencial de menores medicados por TDAH en comparación con otros diagnósticos. Cada vez son más.

Si consideramos estos tres elementos, surge la pregunta: ¿podría sostenerse que, mediante la “invención” del TDAH, la industria farmacéutica ha creado un mercado, apoyándose en una red de profesionales que se benefician de prescripciones, ayudas y subvenciones?

Respuestas que no cierran el debate

Algunos investigadores han respondido a estas acusaciones recordando que existen otros trastornos sin marcadores específicos cuya existencia no se cuestiona. La falta de biomarcadores no invalida necesariamente un diagnóstico clínico.

Por otro lado, la financiación privada no sólo podría interpretarse como un intento de crear mercado, sino también como un reflejo de la escasa inversión pública en el estudio del TDAH.

El aumento de casos medicados, aunque preocupante, también puede indicar que antes muchos menores no eran detectados ni tratados. Es decir, no es que ahora “haya más casos”, sino que disponemos de más herramientas para identificarlos.

Aun así, es probable que exista sobrediagnóstico. La comunidad médica no es impermeable a las modas, y la historia de la psiquiatría está llena de conceptos que nacen, se consolidan y, a veces, desaparecen. Un ejemplo emblemático es la histeria, un concepto clínico complejo que cayó en desuso y cuya significación actual es muy distinta; algunos sostienen que ciertos cuadros hoy diagnosticados como fibromialgia podrían ocupar parte de ese espacio conceptual.

Objetivos claros: beneficio y preservación la infancia

La comunidad profesional y las familias que conviven con este trastorno deben preguntarse hasta qué punto están patologizando procesos normales del desarrollo infantil y adolescente. Sembrar la duda es saludable: no implica negar la existencia del TDAH, sino analizar caso por caso las implicaciones del diagnóstico y valorar las opciones terapéuticas antes de recurrir a los fármacos.

Es un compromiso necesario, al igual que lo es desarrollar herramientas específicas y fiables para evaluar el trastorno y evitar generalizaciones diagnósticas.

El objetivo debe ser aliviar el sufrimiento que el TDAH puede generar en la vida del menor y su entorno, no lograr que los niños estén tranquilos, centrados o emocionalmente estables a toda costa.

El objetivo debe ser aliviar el sufrimiento que el TDAH puede generar, no lograr que los niños estén tranquilos, centrados o emocionalmente estables a toda costa

Probablemente existan muchos casos etiquetados como TDAH que no deberían serlo, y muchos de ellos recibirán tratamientos farmacológicos injustificados. Sin embargo, esto se relaciona más con la mala praxis que con la validez del diagnóstico en sí.

Actuar con cautela y responsabilidad es imprescindible: siempre en beneficio del menor y procurando minimizar los efectos indeseables de nuestras intervenciones. Esto implica detenerse a reflexionar antes de etiquetar, intervenir o medicar, y considerar con seriedad el impacto que cada decisión puede tener en su desarrollo emocional, social y académico. También exige tomarse el tiempo necesario para que el diagnóstico pueda ser realmente comprendido, integrado y contextualizado por el menor, la familia y los profesionales implicados. Un diagnóstico apresurado no solo puede ser impreciso, sino que puede generar confusión, ansiedad o expectativas erróneas sobre lo que el niño “es” o “debería ser”. La prudencia profesional no consiste en evitar actuar, sino en hacerlo con criterio, sensibilidad y respeto por la singularidad de cada menor. Solo así es posible garantizar que nuestras acciones acompañen su crecimiento en lugar de condicionarlo innecesariamente.


Respetemos y preservemos la infancia y la adolescencia.

TDAH en adultos

En la adultez, el TDAH también puede generar un impacto significativo. Muchas personas que no fueron diagnosticadas en la infancia llegan a la vida adulta con una sensación persistente de desorganización, dificultades para sostener la atención, impulsividad en la toma de decisiones o problemas para gestionar el tiempo y las responsabilidades. Esto puede afectar su rendimiento laboral, sus relaciones afectivas y su autoestima, especialmente cuando interpretan estos desafíos como fallos personales en lugar de manifestaciones de un trastorno neuropsicológico. La falta de diagnóstico temprano puede llevar a años de frustración, incomprensión y estrategias de afrontamiento poco saludables que, con el tiempo, se vuelven difíciles de desarraigar.

Además, el TDAH en adultos suele coexistir con otros problemas como ansiedad, depresión o dificultades emocionales derivadas de una trayectoria vital marcada por la sensación de “no encajar” o “no llegar a tiempo”. Por eso, reconocer el trastorno en esta etapa no implica patologizar la personalidad, sino ofrecer herramientas para mejorar la calidad de vida. El desafío consiste en encontrar un equilibrio: evitar tanto la negación del TDAH en adultos —que puede perpetuar el sufrimiento— como su uso indiscriminado como explicación universal de cualquier malestar. En ambos casos, el objetivo sigue siendo el mismo: comprender mejor la experiencia de cada persona y acompañarla con intervenciones responsables, respetuosas y ajustadas a su realidad.