Mente
Tres hermanos
Jacob, Moisés y Salomón eran tres hermanos jóvenes que vivían solos con su padre. De los tres, Moisés era el mayor, el más apuesto y quien solía llevar la voz cantante entre los hermanos. Le gustaba mucho escalar, nadar en el mar y practicar deportes en general. Salomón, en cambio, era el hermano del medio. Era más bajo y menos corpulento. Académicamente, había destacado desde el primer curso y ahora, con 16 años, tenía que decidir su futuro universitario, con múltiples oportunidades prometedoras. Jacob era el más pequeño. Había cumplido 15 años la semana pasada y tenía un aspecto delicado. Con piernas largas, rostro muy blanco, nariz pequeña y piel suave, parecía estar hecho de porcelana. Era el más tranquilo de los tres.
Un viernes de verano, los tres estaban ociosos en casa y recibieron una carta de su padre que les encomendaba competir por un premio. Los tres sobres estaban sobre la mesada de la cocina. Debían llegar al pueblo al otro lado del bosque, donde él los esperaría. El primero en llegar recibiría el premio; los otros no obtendrían nada.
Los tres sabían que llegar al pueblo sería un trabajo pesado. La carretera del Molino que los conducía era un camino de cabras en muy mal estado y daba muchas vueltas bajo un sol abrasador.
Una vez que terminaron de leer la carta, los tres hermanos se miraron asombrados. Pero para sorpresa de los otros dos, Moisés salió corriendo y dejó la casa sin mediar palabra. Salomón vio la situación con el ceño fruncido:
– ¡Moisés! ¡Siempre el mismo bobo impulsivo! Podríamos haber ido los tres juntos, pero ya no es posible – dijo enojado.
Moisés se lanzó a toda velocidad y decidió llegar cruzando el bosque. Era un bosque tupido, lleno de matas espinosas y oscuras charcas de fango. Él no lo pensó y salió con los zapatos de andar por casa. En un charco cayó de bruces y se le rompió el zapato. Por más que siguió corriendo, no controlaba sus pasos y sus piernas desnudas se fueron cortando con el follaje. Atrapado por la excitación, tardó en darse cuenta de que se había perdido.
Salomón, aun en la casa, le dijo indignado a Jacob:
– ¿Quién se cree que es nuestro padre para hacernos competir como perros? ¡Esto no dignifica a sus hijos y ni siquiera es un trato justo! ¡Habría que boicotearlo y forzarlo a dividir el premio entre los tres! Si hay algo que quiera darnos, lo suyo sería ser equitativo- criticó sumamente indignado.
Jacob asintió con la cabeza, sabiendo que era cierto lo que su hermano decía. Sin embargo, como no quería quedarse escuchando los gritos de Salomón, cerró la puerta de casa y lo dejó solo. Conocía a Moisés y sabía que él ganaría, pero aun así, tenía ganas de ver cuál era el premio y la expresión de su padre cuando llegara sin su hermano. Así que emprendió el camino con calma, contento con su cómodo segundo puesto. En el camino meditó y consiguió darle la vuelta a las palabras de Salomón. Quizás dividir no siempre es justo, sobre todo cuando no se hace nada por ganar. Tal vez nuestro padre busca que valoremos el esfuerzo y Salomón está siendo demasiado cómodo o vago. A medida que pensaba, iba recorriendo el camino sin darse cuenta. El sol aún no estaba tan alto y las sombras de las nubes hacían el camino soportable. En algún momento se alzó una tímida brisa agradable.
Salomón nunca dio un paso y se quedó hecho una furia en la casa. Su indignación le impidió pisar la línea de salida. Por eso no llegó y no obtuvo nada. En cambio, Moisés, con muchísimo esfuerzo, se abrió camino entre el bosque. Cuando finalmente llegó, estaba hecho un Cristo: sangrando, embarrado, con un zapato roto y empapado de sudor. Lo peor de todo fue que, al acercarse al punto de encuentro, tuvo que ver una imagen inesperada: Jacob estaba recibiendo un abrazo de su padre y había llegado primero. Sí, fue un sonriente Jacob quien se alzó con la victoria.
Padre escrutó a Moisés con una mirada y le dijo:
– Hijo, te centras en la meta, pero te olvidas de que si te rompes en el camino, entonces pagarás un precio demasiado alto, cegado por tu ambición.
Volvió a mirar por la carretera de piedras por la que había venido Jacob, esperando ver la figura de Salomón, pero el benjamín tuvo que explicarle lo que había ocurrido en la casa. Padre escuchaba con cara de estar extrañado. Y luego le dijo:
– Jacob, no solo has llegado a la meta prescindiendo de una ambición inflexible y obstinada, sino que has aprendido en el camino que quizás lo que no parece justo puede sencillamente ser una forma monstruosa de ver las cosas. No creo que pueda darte ningún premio mayor que entender eso. En esa lección está un tesoro mayor. A veces el peor camino no es el camino equivocado.
Jacob se fundió en un abrazo y le emocionó el reconocimiento de su padre. No había un premio material, pero tampoco se sentía mal por ello. Los otros dos hermanos, en cambio, acabaron el día muy frustrados.