Emociones
De emociones negativas, relaciones tóxicas y otras condenas
Las «emociones negativas», las «relaciones tóxicas» y los «vampiros de energía» forman parte de un imaginario de la «filosofía del sentirse bien» que tiene un enorme potencial destructivo
El estudio de las emociones ha sido un terreno complejo para la psicología. Durante décadas, especialmente en los intentos por investigarlas en entornos controlados de laboratorio, se popularizó una clasificación que distinguía entre emociones positivas y negativas, atendiendo principalmente al efecto subjetivo que producían en quien las experimentaba.
Sin embargo, conviene aclarar algo desde el principio: las emociones no son negativas en sí mismas. Incluso aquellas que resultan más desagradables o perturbadoras cumplen funciones adaptativas esenciales. La ira, por ejemplo, puede movilizarnos frente a una injusticia percibida; el miedo nos alerta ante posibles amenazas; la tristeza favorece procesos de reflexión, adaptación y recuperación tras una pérdida.
Una emoción no determina automáticamente una conducta. Sentir tristeza no implica necesariamente llorar, del mismo modo que sentir ira no conduce inevitablemente a la agresión. Por ello, resulta fundamental distinguir entre emoción y acción. Las emociones pueden ser incómodas, intensas o dolorosas, pero eso no las convierte en algo malo.
La condena de las emociones
Durante las últimas décadas, una interpretación simplificada de la distinción entre emociones positivas y negativas ha ido ganando terreno en ciertos discursos de autoayuda, desarrollo personal e incluso en algunas prácticas de acompañamiento psicológico y coaching.
Hoy es frecuente escuchar que determinadas emociones nos «bajan la energía», nos «bloquean» o nos «contaminan», promoviendo así una actitud de rechazo hacia experiencias tan humanas como el miedo, la tristeza o la frustración.
La consecuencia de esta visión es evidente: las emociones dejan de entenderse como señales o experiencias contextualizadas y pasan a ser consideradas entidades indeseables que deben eliminarse. Ya no se cuestiona qué nos está indicando una emoción o cómo gestionarla, sino que se condena directamente el hecho mismo de sentirla.
Cuando un profesional promueve esta actitud —aunque invoque conceptos asociados a la psicología positiva— corre el riesgo de fomentar la represión emocional. Y reprimir emociones rara vez mejora la calidad de vida de las personas. Lo que sí puede resultar beneficioso es aprender a relacionarnos con ellas de manera más saludable, comprendiendo su función y decidiendo conscientemente qué hacer con aquello que sentimos.
No existen emociones malas en sí mismas, aunque algunas resulten desagradables o desestabilizadoras.
Del malestar emocional a las relaciones «tóxicas»
La idea de que existen emociones intrínsecamente negativas suele extenderse con facilidad al ámbito de las relaciones humanas. Si determinadas emociones aparecen con frecuencia en una relación, esta pasa a ser catalogada como «negativa», «insana» o directamente «tóxica».
La lógica subyacente es sencilla: si una emoción es negativa, entonces cualquier relación asociada a ella también lo será. Sin embargo, esta simplificación ignora la complejidad de los vínculos humanos.
Si siguiéramos ese razonamiento hasta sus últimas consecuencias, deberíamos considerar negativas muchas relaciones educativas, laborales o familiares en las que aparecen conflictos, frustraciones o correcciones constantes. Un maestro exigente, un entrenador riguroso o un supervisor que señala errores pueden generar emociones incómodas sin que ello convierta la relación en dañina.
Resulta llamativo hasta qué punto esta forma de interpretar los vínculos se ha extendido, llegando incluso a incorporarse con naturalidad al vocabulario de numerosos profesionales de la salud y del bienestar.
De las relaciones tóxicas a las personas tóxicas
La consecuencia más problemática aparece cuando se da un paso adicional: dejar de describir una relación conflictiva para convertir a una persona entera en el problema.
La expresión «persona tóxica» presupone que ciertos individuos poseen una cualidad nociva esencial, relativamente independiente del contexto, de las circunstancias o de las dinámicas relacionales concretas. De este modo, alguien deja de ser una persona con la que mantenemos una relación difícil para transformarse en una amenaza en sí misma.
El discurso contemporáneo del bienestar ha contribuido a alimentar esta tendencia mediante una galería de figuras casi mitológicas: vampiros energéticos, portadores de malas vibraciones, personas que «drenan» energía o generan negatividad a su alrededor.
El problema no es únicamente lingüístico. Estas etiquetas desplazan la atención desde los conflictos concretos hacia la estigmatización de individuos completos. Lo que comenzó siendo una condena de determinadas emociones termina convirtiéndose en una condena de determinadas personas.
Podemos mantener relaciones conflictivas, insatisfactorias o incluso dañinas con alguien. Podemos decidir establecer límites o alejarnos cuando sea necesario. Pero eso no nos autoriza a reducir a una persona a la categoría de «tóxica» ni a convertirla en una caricatura moral.
Es asombroso el viaje que esta interpretación pobre ha tenido, hasta el punto que la terminología de «relación tóxica» es utilizada por muchos profesionales de la salud.
La filosofía del sentirse bien
Todo este recorrido ha contribuido a consolidar una determinada forma de interpretar la realidad: una filosofía del bienestar que no solo prescribe cómo deberíamos sentirnos, sino también cómo deberíamos pensar, relacionarnos, hablar y vivir.
Se trata de una visión que privilegia el confort emocional inmediato y que tiende a considerar sospechoso todo aquello que genera malestar, conflicto o incomodidad. Bajo esta lógica, ciertas emociones deben ser eliminadas, determinadas relaciones deben ser evitadas y algunas personas terminan siendo excluidas.
La pregunta relevante es qué consecuencias está teniendo esta manera de entender la vida en nuestros hogares, en las instituciones, en los espacios de trabajo y en el debate público. Porque una sociedad que aprende a rechazar sistemáticamente el malestar puede acabar perdiendo también herramientas fundamentales para comprenderse a sí misma y afrontar sus conflictos.