Psicología del fracaso y la pobreza

Mente

Psicología del fracaso y la pobreza

Dueños de su destino, viviendo en un mundo donde todo es posible y donde el único obstáculo son ellos mismos, las falacias del self-made-man han permitido responsabilizar a los pobres de su situación. ¿Hasta dónde se ha infiltrado esta visión en los discursos actuales del coaching y de la psicología? 

Durante la Edad Moderna el luteranismo representó una ruptura con la concepción del mundo existente hasta ese momento. Entre otras cosas, finalmente se abandonaba la idea de que el reino de los cielos estaba vetado a los ricos y se consideraba a la riqueza como sinónimo de bendición divina.  

La aspiración a la opulencia dejaba de ser juzgada como un pecado y luchar por el propio bienestar era digno y deseable. Así como en la Tierra, un pecador pugnaba por ganarse el cielo, también luchaba dignamente por su ganar -o mantener- su riqueza.  Quienes así no lo hacían eran holgazanes y vagos, y su comportamiento era éticamente reprobable.  

Gracias a este imaginario, vivir de la beneficencia se comenzó a considerar una forma de parasitismo social.  Algo insólito en una sociedad donde la acción social estaba ligada a la misericordia y a la caridad.  

Estos pueden ser los orígenes ideológicos del Ser Omnipotente, el self-made-man, un Hombre hecho a sí mismo.  

Extrapolando estos principios, todos somos dueños de nuestro destino, de superarnos cada día, de ver la vida como una larga sucesión de evaluaciones y contiendas.  

Si entendemos en profundidad la implicación de esta moral religiosa, concluiremos afirmando que el pobre es pobre porque no se ha esforzado lo suficiente y ser fracasado no es una circunstancia.  De modo que se responsabiliza al pobre de ser pobre por «no trabajar duro», de su situación y posición social.   

Casos, éxitos y fracasos individuales  

Algunas voces de la psicología han bebido de estas aguas y ello puede verse en distintos enfoques. Aprender de cada error y mejorar la tasa de respuesta es una expectativa que puede implementarse muy bien en ratas de laboratorio, pero no en individuos. Tal vez un roedor pueda estudiarse a través de sus logros, pero la situación de un ser humano difícilmente pueda compararse a vivir en una jaula de Skinner. 

Cuando tenemos un usuario en nuestra consulta, sabemos que tras ella/él hay toda una vinculación social, afectiva, laboral, familiar, formando una estructura extensa y compleja. Ello nos obliga a evitar considerarlo meramente «un caso» o a centrarnos en «una meta» sin antes reconocerlo como ser social, enraizado vivamente a un tejido invisible.  

Aleccionando gratis: «Todo problema es un reto, toda vivencia es un aprendizaje»  

«La única barrera eres tú mismo, sólo tienes que aprender a saltarte». Hemos heredado y reproducido las falacias propias de esta moral religiosa ancestral, acentuadas por el individualismo. Cuando han trascendido a la psicología, han problematizado cada existencia dolorosa, sosteniendo que, con su accionar, cada sujeto es el único responsable de sus fracasos.  

Han problematizado cada existencia dolorosa, sosteniendo que, con su accionar, cada sujeto es el único responsable de sus fracasos

No hay mercado laboral, no hay clases sociales, no hay limitaciones raciales ni étnicas. Este discurso utiliza las escasas excepciones de nuestro entorno para hacer de ellas una regla y afirmar que «Si X lo ha conseguido, entonces es posible». Como si las posibilidades fueran iguales para todos… 

Ello les permite a profesionales de la salud mental o del coaching aleccionar a la población afirmando que «todo problema es un reto, toda vivencia es un aprendizaje». No verlo así significa sostener un «locus de control externo», un impedimento para tener control de la propia vida.   

Nosotros no siempre veremos cada problema como un «reto personal», no encarnamos «versiones mejoradas de nosotros mismos», y este lenguaje tan seductor como vacuo renueva, sin darnos cuenta, nuestros votos con la falacia del Hombre Omnipotente.

En estos tiempos de pandemia podemos ver que no somos dueños de nuestro destino, sino que dependemos de muchas variables ajenas a nosotros mismos, algunas de ellas incluso son escasamente modificables a voluntad.  No permitamos que nos reduzcan a un éxito o a un fracaso puntual. No admitamos juicios externos sobre lo que somos o no capaces de ser. Ni para bien ni para mal. Recordemos más que a Luisa L. Hay, a Ortega y Gasset: «Yo soy yo y mi circunstancia». Somos expertos sobre nosotros mismos.

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