Autor: Manu Soneyra

Adicciones

Adictos al sexo

¿Existe la adicción al sexo? ¿Qué indicadores señalan que la búsqueda de placer sexual se ha vuelto un problema?

En los momentos de mayor angustia, depresión, ansiedad o monotonía, no es extraño que el sexo se presente como un recurso para experimentar placer. Sin embargo, cuando esta búsqueda se torna compulsiva y afecta otras áreas de la vida, es necesario analizar si estamos ante un problema vinculado al control de impulsos y no a una supuesta «adicción al sexo».

La idea de «adicción» al sexo carece de consenso científico y, en muchas ocasiones, responde a evaluaciones morales más que a criterios psicológicos. Términos como «conductas promiscuas», «pensamientos obsesivos» o «vicios inconfesables» refuerzan estigmas sociales y no ayudan a comprender la realidad emocional y psicológica de quienes atraviesan esta situación.

Evaluar la frecuencia y la intensidad sexual: un terreno complejo

La «adicción» al sexo no es cuestión de números. Introducir un análisis objetivo de frecuencia e intensidad sexual es adentrarse en un terreno pantanoso. En primer lugar, porque estas evaluaciones se realizan sobre anotaciones subjetivas dependientes del propio sujeto. Pero, sobre todo, porque evaluar estas mediciones en el marco de la terapia psicológica posiciona al terapeuta en el rol inadecuado y contraproducente de juez moral.

No se puede medir la salud sexual a través de la cantidad de parejas sexuales o la frecuencia del deseo. El bienestar sexual depende de factores subjetivos y del contexto emocional de cada persona. Además, intentar categorizar las «conductas de riesgo» es problemático, ya que incluso con métodos de protección como el preservativo, el riesgo de infecciones de transmisión sexual (ITS) nunca es nulo. Por lo tanto, tampoco podemos introducir valores estadísticos para advertir la cantidad de riesgo que implican las prácticas sexuales. La casuística nos indica que es posible haber tenido prácticas sexuales de «alto riesgo» y no haber padecido ITS, como haberlas desarrollado realizando prácticas de «bajo riesgo».

Por ello, nunca podemos culpabilizar a un alguien con un diagnóstico positivo, ni vincular su comportamiento a las consecuencias negativas del sexo, toda interacción sexual nos expone potencialmente a una ITS.  

Centralidad del sexo y control de impulsos

Cuando el sexo se convierte en la principal fuente de placer, la persona puede experimentar desinterés por otras actividades, afectando sus relaciones sociales y su bienestar emocional. La búsqueda constante de encuentros sexuales puede generar ansiedad, frustración y una sensación de vacío si no se alcanza la satisfacción esperada. Esto está relacionado con dificultades en el control de impulsos, más que con una supuesta «adicción».

La centralidad del sexo en la vida puede repercutir negativamente en la capacidad de disfrute de otras áreas de la vida. Ello limitaría las posibilidades y las iniciativas hacia otras fuentes de placer.

El otro ítem a considerar es el control de impulsos, que incluye los períodos de búsqueda activa seguidos de episodios de irritabilidad, apatía y tristeza, sentimientos de malestar provocados por la ausencia de sexo. Ante tentativas infructuosas, la sensación de frustración y excitación puede desestabilizarnos emocionalmente e incidir negativamente en el comportamiento con el entorno.

Satisfacción y saciedad

Un último elemento clave a analizar es el nivel de satisfacción tras una experiencia sexual. Si el orgasmo proporciona una sensación de plenitud y calma, la búsqueda de sexo cesa temporalmente. Sin embargo, si la persona experimenta insatisfacción o anorgasmia, es posible que reinicie la búsqueda compulsiva de placer. En estos casos, también es importante considerar factores como el consumo de sustancias que pueden influir en la experiencia sexual.

Cuando la búsqueda de placer sexual acarrea principalmente insatisfacción postcoital o anorgasmia, entonces estamos ante una situación ante la que vale la pena pedir ayuda. Antes de aceptar o brindar etiquetas diagnósticas -como «adicción al sexo» -, asegurémonos de conocer en profundidad el sentir, actuar y pensar que motivan la búsqueda de sexo, así como la realidad en la que se encuentra cada individuo.

Una visión más integral y libre de juicios

En lugar de etiquetar a quienes buscan placer sexual como «adictos», es necesario comprender el trasfondo emocional, las experiencias previas y el contexto social que influye en su comportamiento. Factores como la educación sexual, los traumas pasados o las dinámicas de género y orientación sexual también juegan un papel clave en la forma en que una persona se relaciona con el sexo.

Pedir ayuda profesional no implica recibir un diagnóstico que vivamos con vergüenza, sino explorar herramientas para mejorar el bienestar emocional y la calidad de vida, integrando la sexualidad de manera sana y equilibrada.

Mente

TCLV: Trastorno Cognitivo Leve asociado al VIH

La comunidad seropositiva se enfrenta al Trastorno Cognitivo Leve asociado al Virus de inmunodeficiencia adquirida (VIH). Sin embargo, muchos profesionales de salud mental desconocen y, por ende, ignoran la existencia del TCLV

DVIH

Los distintos estadios de la demencia asociada a infección por virus de inmunodeficiencia humana (DVIH) permiten establecer su clasificación utilizando criterios y características específicas.

La DVIH no puede ser diagnosticada únicamente mediante exámenes radiográficos y de laboratorio, pero dichos estudios nos permiten descartar diagnósticos alternativos. Por ejemplo, las técnicas de neuroimagen y estudios hematológicos permiten descartar posibles alteraciones hepáticas, hormonales, patologías estructurales del SNC, déficits vitamínicos y variables linfocitarias.

La recolección del líquido cefalorraquídeo.(LCR) vía punción lumbar nos permite detectar infecciones del SNC y descartar posibles etiologías diversas.

Por ello, el diseño evaluativo requiere de un equipo interdisciplinar con capacidad de ofrecer los medios profesionales, técnicos y materiales suficientes. De este modo podemos adaptar el proceso a los resultados y necesidades indagatorias que vayan surgiendo.

La evaluación incluye herramientas de screening inciales, tests psicológicos propiamente dichos, pruebas de neuroimagen y un examen de biomarcadores a través del LCR.

TCLV: Trastorno Cognitivo Leve asociado al VIH

El Trastorno cognitivo leve asociado a VIH (TCLV), se encuadra dentro de las formas de demencia asociada a infección por virus de inmunodeficiencia humana (DVIH).

El TCLV puede desarrollarse aún bajo tratamiento antirretroviral y en pacientes con una carga viral indetectable. Es independiente de los valores CD4 y CD8 rastreados en sangre.

Generalmente, el motivo principal de consulta son problemas de memoria autopercibidos: olvidos frecuentes, abandono involuntario de actividades u objetos, etc.

El deterioro del funcionamiento cognitivo compromete un mínimo de tres dominios cognitivos: memoria, destreza motora y funciones ejecutivas.

La infección crónica de VIH y los daños de etiología neuropatológica tienen una cualidad de inexorabilidad, más allá de la plasticidad neuronal.

El deterioro del funcionamiento cognitivo compromete un mínimo de tres dominios cognitivos: memoria, destreza motora y funciones ejecutivas

Los pacientes seropositivos que superan la adultez plena presentan una disminución del rendimiento típica del envejecimiento. Sin embargo, en el TCLV el deterioro tiene un ritmo mucho más voraz, aun cuando presenta variaciones.

Las afectaciones motoras incluyen una notable hipocinesia y bradicinesia. Pudiendo percibirse rasgos marcadamente inexpresivos.

Emocionalmente apáticos y desinteresados por su sexualidad estos usuarios también suelen padecer alteraciones mnemónicas que incluyen un déficit en la recuperación.

Tratamiento del TCLV

El TCLV puede desarrollarse aún bajo tratamiento antirretroviral y en pacientes con una carga viral indetectable

El enfoque del tratamiento que reposa exclusivamente en un modelo biomédico tradicional no nos aporta pistas significativas sobre las decisiones que podemos tomar como profesionales de la psicología. Evidentemente la trascendencia de la terapia farmacológica es innegable, pero debemos potenciar las variables moderadoras.

El tratamiento se divide en cuatro áreas de recuperación: atención; memoria de trabajo y aprendizaje; funcionamiento ejecutivo, motor y memoria de trabajo; y, por último, consciencia metacognitiva.

También se busca incidir en las estrategias socializadoras que puedan funcionar como estímulo cognitivo y resarcir las afectaciones emocionales. El apoyo social percibido está vinculado al disestrés emocional y está considerado como un índice de calidad de vida.

Las estrategias de afrontamiento son un factor básico de salud mental. El afrontamiento de control primario y secundario se relaciona con estrategias reguladoras emocionales, de resolución de problemas y adaptativas.

En cuanto a la calidad de vida, un alto índice de satisfacción indica bienestar en las distintas vitales, incluyendo la económica y modera el impacto que otras variables negativas pudieran tener.

Este ha sido un breve repaso de las características y tratamiento de un trastorno ampliamente ignorado por la propia comunidad científica y terapéutica, el Trastorno cognitivo leve asociado a VIH. El objetivo es darlo a conocer y promocionar su estudio.

Familia

TDAH: negocio, sobrediagnóstico y responsabilidad

¿Existe el TDAH? ¿Es una patologización de la infancia? ¿Un invento útil para la industria? ¿Se está sobrediagnosticando?

Mencionar que un menor ha sido diagnosticado con Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) suele generar controversia. En 2014, García y González publicaron «Volviendo a la normalidad», obra que trasladó al ámbito hispanohablante una profunda desconfianza: «no existen pruebas clínicas, ni de neuroimagen, ni neurofisiológicas o tests psicológicos que de forma específica sirvan para el diagnóstico» del TDAH, ni «ningún biomarcador que distinga a los niños con TDAH» de los que no lo tienen.

A esto se suma que, en las últimas dos décadas, el TDAH ha recibido mucha más atención, investigación y financiación privada que otros trastornos, lo que alimenta aún más las sospechas. Otro dato relevante es el aumento exponencial de menores medicados por TDAH en comparación con otros diagnósticos. Cada vez son más.

Si consideramos estos tres elementos, surge la pregunta: ¿podría sostenerse que, mediante la “invención” del TDAH, la industria farmacéutica ha creado un mercado, apoyándose en una red de profesionales que se benefician de prescripciones, ayudas y subvenciones?

Respuestas que no cierran el debate

Algunos investigadores han respondido a estas acusaciones recordando que existen otros trastornos sin marcadores específicos cuya existencia no se cuestiona. La falta de biomarcadores no invalida necesariamente un diagnóstico clínico.

Por otro lado, la financiación privada no sólo podría interpretarse como un intento de crear mercado, sino también como un reflejo de la escasa inversión pública en el estudio del TDAH.

El aumento de casos medicados, aunque preocupante, también puede indicar que antes muchos menores no eran detectados ni tratados. Es decir, no es que ahora “haya más casos”, sino que disponemos de más herramientas para identificarlos.

Aun así, es probable que exista sobrediagnóstico. La comunidad médica no es impermeable a las modas, y la historia de la psiquiatría está llena de conceptos que nacen, se consolidan y, a veces, desaparecen. Un ejemplo emblemático es la histeria, un concepto clínico complejo que cayó en desuso y cuya significación actual es muy distinta; algunos sostienen que ciertos cuadros hoy diagnosticados como fibromialgia podrían ocupar parte de ese espacio conceptual.

Objetivos claros: beneficio y preservación la infancia

La comunidad profesional y las familias que conviven con este trastorno deben preguntarse hasta qué punto están patologizando procesos normales del desarrollo infantil y adolescente. Sembrar la duda es saludable: no implica negar la existencia del TDAH, sino analizar caso por caso las implicaciones del diagnóstico y valorar las opciones terapéuticas antes de recurrir a los fármacos.

Es un compromiso necesario, al igual que lo es desarrollar herramientas específicas y fiables para evaluar el trastorno y evitar generalizaciones diagnósticas.

El objetivo debe ser aliviar el sufrimiento que el TDAH puede generar en la vida del menor y su entorno, no lograr que los niños estén tranquilos, centrados o emocionalmente estables a toda costa.

El objetivo debe ser aliviar el sufrimiento que el TDAH puede generar, no lograr que los niños estén tranquilos, centrados o emocionalmente estables a toda costa

Probablemente existan muchos casos etiquetados como TDAH que no deberían serlo, y muchos de ellos recibirán tratamientos farmacológicos injustificados. Sin embargo, esto se relaciona más con la mala praxis que con la validez del diagnóstico en sí.

Actuar con cautela y responsabilidad es imprescindible: siempre en beneficio del menor y procurando minimizar los efectos indeseables de nuestras intervenciones. Esto implica detenerse a reflexionar antes de etiquetar, intervenir o medicar, y considerar con seriedad el impacto que cada decisión puede tener en su desarrollo emocional, social y académico. También exige tomarse el tiempo necesario para que el diagnóstico pueda ser realmente comprendido, integrado y contextualizado por el menor, la familia y los profesionales implicados. Un diagnóstico apresurado no solo puede ser impreciso, sino que puede generar confusión, ansiedad o expectativas erróneas sobre lo que el niño “es” o “debería ser”. La prudencia profesional no consiste en evitar actuar, sino en hacerlo con criterio, sensibilidad y respeto por la singularidad de cada menor. Solo así es posible garantizar que nuestras acciones acompañen su crecimiento en lugar de condicionarlo innecesariamente.


Respetemos y preservemos la infancia y la adolescencia.

TDAH en adultos

En la adultez, el TDAH también puede generar un impacto significativo. Muchas personas que no fueron diagnosticadas en la infancia llegan a la vida adulta con una sensación persistente de desorganización, dificultades para sostener la atención, impulsividad en la toma de decisiones o problemas para gestionar el tiempo y las responsabilidades. Esto puede afectar su rendimiento laboral, sus relaciones afectivas y su autoestima, especialmente cuando interpretan estos desafíos como fallos personales en lugar de manifestaciones de un trastorno neuropsicológico. La falta de diagnóstico temprano puede llevar a años de frustración, incomprensión y estrategias de afrontamiento poco saludables que, con el tiempo, se vuelven difíciles de desarraigar.

Además, el TDAH en adultos suele coexistir con otros problemas como ansiedad, depresión o dificultades emocionales derivadas de una trayectoria vital marcada por la sensación de “no encajar” o “no llegar a tiempo”. Por eso, reconocer el trastorno en esta etapa no implica patologizar la personalidad, sino ofrecer herramientas para mejorar la calidad de vida. El desafío consiste en encontrar un equilibrio: evitar tanto la negación del TDAH en adultos —que puede perpetuar el sufrimiento— como su uso indiscriminado como explicación universal de cualquier malestar. En ambos casos, el objetivo sigue siendo el mismo: comprender mejor la experiencia de cada persona y acompañarla con intervenciones responsables, respetuosas y ajustadas a su realidad.

Emociones

Emociones sobre la pandemia: frustración, desánimo, hartazgo

Los meses que han pasado nos «pasan factura» y nos cuesta aceptar algunas emociones relacionadas con la pandemia del COVID-19. Intentamos explorar que puede haber detrás de nuestro sentir antes de plantear alternativas.

Frustración

En la Era del individualismo y la superación personal, cuando muchos creían que “cada uno es dueño de su destino”, la imposibilidad de modificar la situación actual mediante las iniciativas personales puede representar un sismo.

Más allá de la esfera individual, la frustración también procede de ver el accionar errante de las instituciones y los políticos, constatar cómo cada error e improvisación inciden negativamente en la economía y la salud pública.

Cuando creíamos que, en caso de pandemia, las grandes organizaciones, como la OMS o la UE, marcarían las directrices a seguir, pequeñas y mezquinas fracciones de cada territorio parecen actuar en su propio interés. Así, politizan la situación y ganan rédito político con la pandemia.

«Es lo que hay», la resignación intenta acabar con la frustración y buscamos sofocar nuestra reactividad mediante la aceptación de la situación.

Desánimo

Cuando una mala situación se perpetúa en el tiempo y no tiende a mejorar, concebir los efectos negativos como irremediables e inexorables, desactiva las iniciativas de cambio.

Aún sin llegar a esos extremos, la tristeza, la apatía, y la falta de esperanza, también nos insta a la inacción. Bajo la creencia de que «no vale la pena intentar cambiar algo que no depende de nosotros», acostarnos a ver la pandemia pasar, parece lo más lógico.

Sin embargo, la forma en la que concebimos esta realidad, sí que podemos moldearla. Podemos ponerle coto y límites al desánimo. La tristeza tiende a reproducirse en cada pensamiento y hasta en cada canción que escogemos. El primer paso es frenar su avance y reproducción; el segundo, contrarrestarla creando momentos de sentirnos bien.

Hartazgo

Luego de más de medio año, la travesía de sobrevivir a la crisis del COVID-19 se está haciendo muy larga.

La realidad de los titulares, su contabilidad de casos nuevos detectados, muertos y zonas de riesgo, acaba resultando hartante.

Estamos saturados de información, tanto que muchas veces preferimos prescindir de ella.

En el peor de los casos, el hartazgo ha dado lugar al rechazo. Mucha gente no quiere tomar medidas contra el COVID-19 o las toma a regañadientes. Llevan una mascarilla desgastada y mugrienta o la utilizan de brazalete. Explotan ante cada nueva medida o, sencillamente, se niegan a dedicarle un segundo a hablar del tema.

Los meses enteros en los que diariamente nos empapábamos de titulares han dado lugar a esta sensación de hastío y indiferencia. «Si, total, da igual». La sobreexposición es la madre de esta actitud defensiva que esconde el riesgo de acabar en un desapego total hacia el entorno.

Listado de antídotos (que no son tales)

Seis alternativas, bocanadas de aire, para de contrarrestar la frustración, el desánimo y el hartazgo.

  1. Limita el acceso a la información pero, sobre todo, estudia tu modo de reaccionar ante ella. Las conclusiones que saques son relevantes porque pueden aumentar tu sensación de frustración, desánimo y hartazgo y desaprovechar posibilidades. Para quienes ven estas actitudes en los otros como un atentado contra la salud pública, un poco de comprensión y empatía puede mejorar la imagen que tenemos de ellos.
  2. Acepta estas emociones «solo por hoy». Deja que estas emociones vengan sin ofrecer resistencia. Permite que te suceda. Procura entenderlas como consecuencias lógicas de un proceso emocional y cognitivo. La aceptación no implica que no debas emprender acciones para invertir la tendencia.
  3. Un día a la vez. Vive el domingo sin pensar en el lunes. Hoy pudo ser un día donde estas tres emociones dominaran tu día, mañana puede ser un poco mejor. Día a día, hora a hora, momento a momento. Ello te permitirá valorar positivamente los momentos mejores y celebrarlos.
  4. Busca pequeños placeres. Una cena deliciosa, dos canciones que te hacían bailar, una película divertida. Procura romper con la dictadura del «todo va mal», para construir un momento en el día en el cual mimarte. Aún en esta situación, hay cosas que te gustan. Explóralas diariamente.
  5. Evita la inactividad y el aislamiento. Activar tu cuerpo y contactar con otros, son dos acciones que pueden requerir iniciativa y, sin embargo, ser gratificantes. A nivel orgánico el ejercicio moderado puede ayudarte emocionalmente. Mientras que compartir con gente que significa mucho en tu vida, puede darle otro sentido a tu día.
  6. Plantéate metas realistas y cercanas que dependan de ti. Pequeños proyectos posibles que estén en tus manos. Ello puede reinstaurar la sensación de dominio y confort sobre tu vida.

Tal como hemos comentado en el anterior artículo, es crucial despatologizar tus reacciones como una manera de proporcionar más calma, serenidad y comprensión a tu vivencia actual.

Cuerpo

Higiene del sueño

Un buen día dices «basta» y te das cuenta que los encantos de la noche ya no son tales. Quieres cambiar tus hábitos y plantarle cara al insomnio. Reconocer que «no puedes seguir así» es el comienzo del cambio. Y la fuerza con la que digas «a partir de hoy, duermo de noche» será el combustible que alimente tu motivación.

A partir de esas ganas, estas son las claves generales que un plan de higiene del sueño debe considerar:

Ritual de la hora de acostarse. Comunícate con tu cuerpo a través del entorno, enciende unas pocas luces bajas y suaves que únicamente utilices cuando sea la hora de dormir. Apaga la música y deja que el mayor silencio y tranquilidad posible antecedan a tu descanso. Despeja la cama. Crea el ambiente necesario para que tu cuerpo entienda que debe relajarse y dormir.

Escoge tu hora de dormir. Procura irte a dormir siempre a la misma hora cada día. Especialmente durante el primer mes. Inclusive los días de fiesta y fines de semana. Comprométete con una rutina de higiene de sueño sin excepciones.

No móvil, no internet, no TV. Desconéctate del mundo externo unos 45 minutos antes de tu hora de acostarte. Ni «en silencio» ni «modo avión». Apaga y desconecta todo lo que pueda estimularte y espabilarte.

No practiques actividad física -ni siquiera yoga- de noche. Procura que las horas previas a irte a dormir no sean las de mayor actividad, sino que gradualmente aquieta el cuerpo a partir de la caída del sol. Ten en cuenta que hacer mucho ejercicio durante el día, más que garantizar un buen sueño, plantea un desafío a la hora de bajar el nivel de actividad. Los ejercicios de relajación nocturnos pueden tener un efecto paradójico y activarte cuando intentes conciliar el sueño.

No temas buscar un apoyo farmacológico al inicio. Nuestras expectativas de llegar a dormir sin ayudas, únicamente mediante productos “naturales” nos pueden cerrar una puerta inicialmente importante: la posibilidad de regular el sueño durante una semana o cinco días mediante benzodiazepinas. Si necesitas tomar Lorazepam inicialmente durante una semana, date el permiso de hacerlo. No acabarás en la adicción por una terapia farmacológica de cinco días.

No reprimas tus pensamientos. Cuando el pensamiento es el caballo más indomable del insomnio, una buena opción es ceder y dejarlo ser. No intentar controlarlo ni domarlo. Mientras más aceptación, menos conflicto. Puede que las preocupaciones, los miedos y las frustraciones cobren vida en el preciso instante en el que quieras desconectar, pero deja que así sea; que vengan, pasen y se sientan comprendidos.

Comer, beber o fumar. Los excitantes y las comidas pesadas o grasientas de digestión lenta, no son aliados del sueño reparador. Evita las frituras de noche, el tabaco, el alcohol y el café durante, al menos, las cuatro horas previas a irte a la cama.

Porro y paja. El consumo de cannabis para relajarse, antes de irse a dormir, puede repercutir muy negativamente en el contenido y la calidad del sueño. La actividad sexual, incluida la masturbatoria, cuando concluye en el orgasmo, puede actuar como un sedante natural pero no existen garantías de que facilite un buen sueño. Especialmente cuando la actividad sexual se prolongue en el tiempo, puede resultar negativa para alcanzar un estado de relajación a la hora señalada.

Evita las siestas y levántate a una misma hora. No se trata de ser un producto de relojería y quince minutos de haraganeo te están permitidos si dispones de ellos. Pero no duermas 12 horas de un tirón porque luego será difícil acostarse temprano al día siguiente. No se trata únicamente de regular tus ciclos de sueño sino también los de actividad.

Y, sobre todo, ten en cuenta que estas cosas toman tiempo. Las «cosas» del cuerpo no se consiguen siempre a la primera ni el cuerpo reacciona ni es lo que tú quieres que sea. Constancia y paciencia son dos buenas compañías para poder ver los logros la mañana siguiente. ¡Que descanses!

Sexualidad

Fetichista, travesti, transexual: diferencias insalvables bajo un mismo perfume

La Chica Danesa (2015) es una película excepcional que plantea el viraje psicológico de un marido, presuntamente heterosexual, a través del travestismo fetichista, el travestismo no fetichista y el transexualismo. Esas tres denominaciones no tienen más elementos en común salvo que el sujeto incorpora vestimentas o accesorios del sexo opuesto.

Utilizaremos como al film La Chica Danesa (2015) para ejemplificar hasta que punto resulta inverosímil -e inquietante a la vez-, el hecho de que la trama plantee un continuo entre las parafilias y el género con independencia del sexo.

Travestismo fetichista

Las parafilias, como el fetichismo, se desarrollan en torno a un objeto o a una parte del cuerpo que se cosifica. La libido y el deseo se desplazan al objeto porque es imprescindible para la consecución del placer. Esto es así, sobre todo, cuando el fetichismo estructura un patrón sexual con un alto grado de significación para el sujeto.

De este modo, el travestismo fetichista se relaciona con el placer obtenido a través del objeto o parte parcial del cuerpo cosificado, como un camisón, pero no guarda relación con el género o el sexo del individuo.

Sexo y género

Por sexo del sujeto, aquí, no entendemos la actividad sino la variable biológica XY o XX del individuo. Salvando la excepción del síndrome de Klinefelter y las otras anormalías cromosómicas, todos los sujetos poseemos un claro sexo biológico femenino o masculino.

Este sexo, que suele corresponderse con la apariencia física, es ordenado y confirmado socialmente, a través de los estereotipos y roles preestablecidos. De esta manera, la sociedad ordena y regula la forma de vestirse, las actividades, los juegos de los infantes, etc.

El género, en cambio, va en dirección opuesta. Es decir, fluye de la autopercepción del sujeto, de su autoconcepto hacia la sociedad receptora. Cuando en esa comunicación entre sujeto y entorno hay un «gran malestar e inadecuación» ante la sensación de «no pertenecer a un sexo biológico», entonces el género no es igual al sexo.

Disforia de género

La problematización que significaba denominar a la disforia de género como un trastorno mental sin que lo fuera

La forma en la que un sujeto se autopercibe -hombre o mujer en la mayoría de los casos- puede divergir de la suscripción que la sociedad le otorga al sujeto y generar una crisis identitaria: un hombre (sexo) se siente mujer (género) o una mujer (sexo) se siente hombre (género). En esos casos hablamos de «disforia de género». Un término no exento de controversias.

El término «disforia» no está haciendo relación a la crisis identitaria sino que enfatiza «el malestar que ocasiona la incongruencia entre identidad de género de la persona y el género asignado socialmente».

Por ello, debemos entender que lo que se problematiza clínicamente no es una crisis identitaria ni una disidencia entre sexo y género, sino el dolor emocional y psicológico que el sujeto pueda llegar a padecer.

La disforia de género, que el DSM-5 reconoce en niños, adolescentes o adultos, es una innovación terminológica respecto al DSM-IV y a la problematización que significaba denominar a la disforia de género como un trastorno mental sin que lo fuera.

El CIE-10 no evidencia esta sensibilidad a la hora de denominarlo y utiliza el término «Transexualismo para los adolescentes y adultos» y «Trastorno de identidad sexual en la infancia» para ese período vital.

Travestismo

Como su nombre lo indica, el travestismo no fetichista no es una parafilia, por ende, no guarda relación con el travestismo fetichista. Sin embargo, tampoco asistimos a la disforia de género presente en el transexualismo. Los/las travestis no «presentan un malestar profundo y persistente» con su sexo, aunque incursionen durante un período de su vida «con las ropas del sexo contrario con la intención de vivir la experiencia transitoria de pertenecer al otro sexo». En el travestismo no asistimos a «ninguna motivación por experimentar un cambio de sexo permanente» como en la transexualidad.

La naturaleza del travestismo tampoco se relaciona con un entretenimiento muy puntual o con la excitación sexual por llevar vestimentas del sexo contrario, por lo que no debe emparejarse con el travestismo fetichista ni con incursiones lúdicas y puntuales como los disfraces.

Por ello resulta sorprendente que Einar Wegener primero encarne un fetichista, luego un travesti para acabar siendo Lili Elbe y desear parir a un hijo propio. La historia pareciera que narrase un asombroso continuo sobre el fetichismo, travestismo y transexualismo aunque ponemos preguntarnos si no estamos ante una evolución poco habitual de elementos con escasos puntos en común.

Pareja

10 puntos después de una ruptura

Habíamos sobrevolado la ruptura en Mi pareja me produce rechazo, pero ahora nos adentramos en su territorio. Si has llegado hasta aquí porque estás atravesando una ruptura dolorosa, tal vez esto pueda ayudarte a meditar sobre cómo (sobre)vivir dignamente durante las semanas venideras. Enumeraremos en cuatro puntos clave a considerar en una ruptura de pareja.

1. Acéptalo. Permite que ocurra. Vive el duelo.

2. Date tiempo. El tiempo todo lo cura -o lo maquilla y cubre de olvido-. No busques hoy la solución mágica.

3. Reorganiza tus prioridades sabiamente. Una ruptura también es un retorno a ti misma/o después de estar un tiempo íntimamente vinculada/o a otra persona. Ahora lo importante vuelves a ser tú y tu vida.

4. Cultiva tu integridad personal. Social, laboral, emocionalmente, aún espiritualmente. Cuidarte y ver a tu vida como un todo, más allá de los finales, las metas y los logros. A través de momentos dolorosos y alegres, da un paso atrás y mira el amplio horizonte de lo que eres.

Y si lo necesitas, unos puntos más sobre las reacciones a la ruptura:

5. Entiende tus impulsos de remediar o repartir culpas. Es normal querer reparar lo que se rompió, pero hacen falta dos para reparar una relación. Uno es un número insuficiente. No te esfuerces en comprender el por qué. A veces el esfuerzo de comprender se relaciona con la negación. Perdónate, pon un punto final a la hora de repartir culpas.

6. Ahórrate el castigo o la venganza. No es necesario desangrarse y autodestruirse. Si quedan áreas que puedas preservar de este final, procura que sigan funcionando sanamente. Perder una pareja no significa perder el empleo, los amigos, la familia… No tiene por qué ser un tsunami que fortalezca tu capacidad autodestructiva. Procura ponerle límites a esa ira. Tampoco quieras administrar justicia. Independientemente de lo que haya ocurrido, un ruptura no tiene porque enfatizarse como un ultraje a tu honor y a tu confianza. En el juego del amor, a veces se pierde. ¿Qué es lo que hay que vengar?

7. Esquiva generalizaciones. Antes de decir: «soy un perdedor», «siempre acabo llorando», «nunca más», intenta no extender una experiencia a todas las áreas de tu existencia. Si lo vives como una pérdida, eso no te hace un perdedor. Ante un hecho puntual, sumar tragedias y encadenarlas ampliará la repercusión dramática de esta vivencia.

8. Si piensas en reemplazar al otro: «un clavo saca otro clavo». La frase tiene sentido si quieres vivir «clavada/o» a una relación. El riesgo es que instrumentalices a tus parejas como muletas para nunca andar sola/o. Una pausa también merece ser una opción a tener en cuenta.

9. Presta atención a tus defensas: del podio al infierno. Idealizar a un ser ausente es entendible, pero no facilita el «pasar página». Un antídoto para esos momentos de idolatría puede ser enumerar las cosas que no te gustaban de la otra persona y otra lista de cosas que no funcionaban bien en la relación. En el otro extremo, una defensa habitual es ver a la otra persona como un monstruo y denigrarla. Tenlo presente cuando uses ambos mecanismos defensivos.

10. Evita imposiciones, inclusive las que extraigas de este texto. Vívelo de la mejor manera posible, pero siempre siendo fiel a tus valores y sin obligarte a nada. No te impongas «aprender de esto». No procures «rentabillizar la pérdida», No todo es un examen de la vida y ni podrás aprender de cada experiencia. No te esfuerces en «sacar algo de esto». Respira.

Cuerpo

Simulación, cuando la enfermedad se finge

Cuando la enfermedad es una simulación, lo real parece ser lo que menos importa. Al fingir una enfermedad o dolencia, el otro comunica sus necesidades a través del engaño

Es una escasez en la capacidad de negociación y/o comunicación de las necesidades, antes que una afrenta

Adicciones

Claves de la rehabilitación

Tras diferenciar el modelo de reducción de riesgos de otros enfoques teóricos de la adicción, es momento de concretar seis claves que pueden ayudarte a reflexionar sobre los componentes de tu proceso de rehabilitación. Es un viaje interno que requiere preparación y honestidad contigo mismo.

Un tratamiento para cada estadio

No todas las personas que consumen están en condiciones de iniciar un proceso de rehabilitación. Por eso existen distintos tipos de intervención según el momento vital y la relación actual con la sustancia. Forzar un cambio para el que aún no estás preparado puede generar resistencia y bloquear el avance. La clave es trazar un camino que respete tus tiempos, tu historia y tu situación concreta.

Reconociendo al entorno adicto del entono sano

El consumo no ocurre en el vacío: crea un entorno social que lo sostiene. Antes de iniciar el viaje conviene observar quién te rodea. Las personas sobrias pueden convertirse en un apoyo real, mientras que otros consumidores —pareja, familiares, amistades, conocidos o vendedores— pueden actuar como factores que mantienen el consumo. Inclinar la balanza hacia el entorno sobrio ayuda a desestabilizar la dinámica adictiva y abre espacio para el cambio.

Motivación para el cambio

La motivación impulsa el proceso, pero no es un recurso inagotable. Necesita ser cuidada y alimentada. Celebrar cada avance, por pequeño que sea, ayuda a sostenerla. También conviene anticipar los momentos de bajón y prepararse para ellos. Mantener viva la motivación es un trabajo personal que requiere constancia y atención.

Nuevos hábitos y conductas

El objetivo es tal sólo cuando lo abrazas y lo sostienes tú

Rehabilitarse implica construir hábitos que sustituyan al consumo y sostenerlos en el tiempo. Incluso cuando se alcanza la autosuficiencia, puede aparecer una crisis en forma de duelo: el placer asociado al consumo desaparece y, con él, puede surgir un sentimiento de vacío. Aprender a convivir con ese vacío es un desafío, pero también una oportunidad para encontrar un nuevo equilibrio emocional. Una vida distinta exige una forma distinta de habitarla.

Volver a andar tras cada recaída

Las recaídas forman parte del proceso, igual que las caídas forman parte del aprendizaje al caminar. Puede haber recaídas puntuales o más prolongadas, pero incluso las breves pueden generar un sentimiento de fracaso que retrase el retorno al cambio. Como escribió Almafuerte: “Si te postran diez veces, te levantas, otras diez, otras cien, otras quinientas…”. La recaída no invalida el camino; solo lo interrumpe temporalmente.

La meta es la mayor autonomía e independencia

El objetivo final es que alcances una mayor autonomía y puedas liberarte de la dependencia o la adicción. Pero ese objetivo debe construirse a partir de tu situación inicial, tus ritmos y tus capacidades. No existen metas universales: solo las que tú definas, solo o con tu terapeuta. Un objetivo solo es real cuando lo haces tuyo y puedes sostenerlo.

Adicciones

Modelos teóricos de la adicción

¿Dejar de consumir definitivamente o modificar qué, cuánto y cómo se consume? Los objetivos terapéuticos que planteamos los psicólogos no son arbitrarios: responden a modelos teóricos que, en muchos casos, se desconocen porque rara vez se explican de forma explícita

Modelo Minnesota

El modelo Minnesota, también llamado de forma peyorativa “modelo de la iluminación”, sirve de base a los grupos de 12 pasos como Alcohólicos Anónimos y Narcóticos Anónimos. Considera la adicción como una enfermedad y sitúa la intervención de un “poder superior” como elemento central del proceso de rehabilitación, por lo que las referencias morales y espirituales son habituales. Su objetivo es la abstinencia total y rechaza la farmacoterapia como apoyo paralelo. El cambio terapéutico se entiende como la adopción de un conjunto de creencias, actitudes y conductas.

Es un modelo intensivo, de duración breve y generalmente ambulatorio, pero sostiene que la persona conserva para siempre la condición de “adicto”, esté recuperado o no. Por ello, la necesidad de control externo se mantiene en el tiempo. El programa es estandarizado y parte de la premisa de que el individuo no puede mantener el control por sí mismo. Las personas recuperadas actúan como consejeros expertos dentro del propio programa.

Modelo biomédico tradicional

El modelo biomédico tradicional entiende la dependencia como una enfermedad crónica y cíclica. Sin un tratamiento eficaz, tiende a perpetuarse debido a una vulnerabilidad biológica que empuja a la pérdida de control. Desde esta perspectiva, no existe curación ni posibilidad real de autocontrol, y las recaídas se interpretan como confirmación de esta visión.

El objetivo terapéutico es siempre la abstinencia. Este modelo sustenta tanto las campañas políticas antidrogas como las intervenciones farmacológicas. La crítica señala que el consumidor queda representado como un “enajenado mental”, desprovisto de juicio y responsabilidad, y moralmente culpable de su propia enfermedad.

Modelo de reducción de riesgos

El modelo de reducción de riesgos suele arrastrar el prejuicio de que cualquier disminución del consumo es, por sí misma, un éxito terapéutico. Sin embargo, esta visión es incompleta. La reducción de riesgos no solo modifica objetivos y estrategias, sino que propone una nueva forma de organizar la propia vida, lo que implica cambios en prioridades, discursos, creencias y actitudes.

No hay un modelo incorrecto ni inútil, pero alguno será más apropiado para tu caso

Los objetivos se adaptan a cada caso y son flexibles: no necesariamente buscan la abstinencia. La búsqueda de alternativas sin abandonar el consumo ha permitido avances importantes, como los tratamientos sustitutivos con metadona o los programas específicos de reducción de daños. Entre ellos destaca el programa PIX de intercambio de jeringuillas, orientado a disminuir las infecciones de transmisión sexual asociadas al consumo.

La reducción de riesgos procura minimizar las consecuencias negativas del consumo y promover un uso más seguro. Su enfoque ético y pragmático no persigue la abstinencia —aunque la contempla como opción válida—, sino que reconoce el derecho de la persona a disponer de medios para reducir el daño asociado a su consumo y el deber de las instituciones de proporcionarlos.

Este modelo se traduce en propuestas concretas: campañas informativas, provisión de materiales, talleres de prevención y evaluación de riesgos, entre otras intervenciones. Es, además, la opción estatal más económica y coherente con el marco neoliberal actual. No se posiciona sobre el impacto comunitario de la adicción, sino que defiende el derecho a consumir drogas y entiende el consumo como una práctica inevitable.

Las diferencias entre los psicólogos próximos al enfoque biomédico y los que trabajan desde la reducción de riesgos generan suspicacias y prácticas muy distintas. No existe un modelo incorrecto o inútil: cada uno responde a una forma de entender la adicción y será más o menos adecuado según la situación de cada persona.