Simulando una enfermedad

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Simulando una enfermedad

Cuando la enfermedad es una simulación, lo real parece ser lo que menos importa. Al simular una enfermedad o dolencia, el otro nos comunica sus necesidades a través del engaño

A mi hija le duele mucho la barriga por las mañanas cuando hay que ir al cole. Mi compañero de trabajo está de baja desde que “le tocaron” con otro coche tiene un tirón cervical que no le permite ni siquiera beber. Mamá padece un dolor de cadera insoportable cada vez que vienen las fiestas y nos queremos ir de vacaciones sin ella. El delantero de mi equipo siente un dolor de rodilla incapacitante y apenas puede pisar el día del partido.

Nuestra realidad está llena de ejemplos de simuladores que buscan obtener un beneficio personal de una situación de enfermedad. Persiguen beneficios externos como evadir obligaciones o responsabilidades, obtener atención y privilegios, etc. Cuando no hay una ganancia externa, sino interna, entonces hablamos de trastorno facticio. En esos casos no resulta tan obvio la ganancia primaria que sucede del malestar.

Es una escasez en la capacidad de negociación y/o comunicación de las necesidades, antes que una afrenta

Algunas aves arrastran las alas fingiendo estar gravemente heridas para alejar a los depredadores del nido. Aún cuando pueda considerarse un válido mecanismo de supervivencia, la simulación representa un engaño. Por ello, para que un psicólogo pueda descubrirla, se ha de analizar el contexto en el que se está dando la supuesta dolencia o patología, prestando especial atención a la repercusión que tendría en la vida del sujeto la confirmación del diagnóstico. Es decir, a la ganancia.

La otra clave es de naturaleza médica, pues hemos de observar las diferencias entre el relato que hace el enfermo y la sintomatología evidenciada. Cuando los síntomas proceden de un listado de internet, la interpretación es tan perfecta que contrasta con la falta de evidencias físicas.

Claro que no todo el mundo es buen actor ni hace los deberes. En los medios de comunicación muchas veces hemos oído y visto casos en los que los simuladores utilizan muletas únicamente para ir a la revisión médica. Esa es evidentemente la última pista: evidentemente la cooperación y el seguimiento que hacen del tratamiento y las pautas de rehabilitación es inconstante y, en muchos casos, nula.

Sin lugar a dudas ser testigos de una simulación incentiva nuestra reactividad. Es probable que reaccionemos ante la injusticia que supone un engaño, sobre todo cuando somos el objetivo del mismo. Nuestra reacción natural y esperable es desvelar el mismo y acabar con la farsa.

Sin embargo, debemos ver a la simulación como un mecanismo producido por un aparato psicológico que no consigue emitir una respuesta más acorde o elaborada para obtener sus fines. Es una escasez en la capacidad de negociación y/o comunicación de las necesidades, antes que una afrenta. El cuerpo también sirve para comunicar aquello que no es posible decir en palabras. En última instancia, en estos casos, podemos llegar a la conclusión de que engañar deja de ser deshonesto cuando no se engaña a nadie.

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